Nota del Escritor (para sí mismo):
Objetivo: Capturar la "inocencia sensual" de cuatro hermanas en la Inglaterra victoriana. El editor dice que quiere "tensión que corte el aire". Bien, tendrán tensión. Y también tendrán un tejón mascota. A ver si se dan cuenta.
Capítulo 1: El Duque que Vino de la Lluvia
La lluvia azotaba los cristales de la Mansión Halloway con la insistencia de un acreedor impaciente. En el salón principal, las cuatro hermanas Vane se dedicaban a sus labores vespertinas, componiendo un cuadro de perfecta domesticidad británica, si uno entrecerraba los ojos lo suficiente para ignorar los detalles.
Dorothea, la mayor y más bella, suspiraba junto a la ventana. Su pecho, aprisionado en un corsé de ballena que crujía como el casco de un barco en plena tormenta, subía y bajaba con un ritmo hipnótico.
—Oh, cuán cruel es el destino —murmuró Dorothea, apretando una mano contra el cristal frío—. El baile de esta noche ha sido cancelado. Y yo que anhelaba sentir la mirada ardiente de un extraño sobre mi nuca desnuda.
Desde el sofá, Charity, la segunda hermana, levantó la vista de su bordado. No estaba bordando flores, como dictaba la decencia, sino un diagrama anatómicamente correcto de un calamar gigante devorando un barco ballenero. —Quizá sea mejor así, Dorrie —dijo Charity—. He oído que el Duque de Blackthorn asiste a esos bailes. Dicen que es un libertino. Y que tiene colmillos.
—No son colmillos, es una estructura dental viril —corrigió Dorothea con vehemencia, girándose para que la luz de la chimenea acentuara su perfil.
En la alfombra, Prudence, la tercera hermana, estaba intentando enseñar al gato de la familia, el Señor Pelusas, a jugar a las cartas. El gato, un animal con la expresión de alguien que ha visto el universo y lo ha encontrado decepcionante, estaba ganando. —Un libertino es justo lo que necesitamos —dijo Prudence, descartando un as—. Esta casa huele a naftalina y a sueños reprimidos. Y a repollo. Sobre todo a repollo.
La cuarta hermana, Mercy, no dijo nada. Estaba en un rincón, practicando taxidermia con una ardilla que había encontrado en el jardín. Le había puesto un pequeño sombrero de copa.
De repente, las pesadas puertas de roble se abrieron de golpe.
Jenkins, el mayordomo, entró. Jenkins tenía el rostro de un sabueso que acaba de recibir malas noticias sobre sus inversiones. Arrastraba los pies con una lentitud que sugería una profunda protesta existencial contra el concepto de servidumbre.
—Ejem —tosió Jenkins, logrando que el sonido sonara como un insulto—. Un visitante, miladies. Insiste en entrar. Dice que su carruaje ha sufrido un percance con... eh... "un pato muy agresivo".
Antes de que pudiera anunciar el nombre, una figura oscura irrumpió en la sala, apartando al mayordomo con una capa que ondeaba con su propia brisa dramática, a pesar de estar en el interior.
Era él. Lord Sebastian Blackthorn, Duque de Ravenscroft.
Estaba empapado. Su camisa de lino blanco se adhería a su torso esculpido como una segunda piel, transparente y escandalosa. El agua goteaba de su cabello negro como el azabache, cayendo sobre unos pómulos tan afilados que podrían usarse para cortar queso curado.
Dorothea ahogó un grito. El Señor Pelusas maulló y recogió sus ganancias (tres botones y un ratón muerto).
—Perdonen la intrusión —dijo el Duque, su voz grave resonando como un violonchelo tocado en una cueva—. Mi caballo se asustó. La tormenta... es implacable. Como mis pasiones.
Se quedó allí, parado en una pose de poder, con las piernas separadas y las manos en las caderas, ignorando completamente que estaba creando un charco considerable sobre la alfombra persa que la tía Agatha había traído de las Indias.
Dorothea avanzó, sus faldas crujiendo. —Milord... está usted empapado. Tiembla de frío... ¿o es de otra cosa?
El Duque la miró, sus ojos ardiendo con un fuego interior que desafiaba a la termodinámica. —No es frío, señorita Vane. Es la fiebre de la proximidad. He cabalgado a través del viento y el granizo solo para verla. Sabía que estaría aquí, junto a la ventana, suspirando.
—Qué coincidencia —murmuró Charity desde el sofá, pinchando el ojo del calamar con la aguja—. Porque lleva ahí parada desde el desayuno.
El Duque ignoró el comentario y dio un paso hacia Dorothea. La tensión sexual en la habitación aumentó tanto que Mercy tuvo que dejar de ponerle el monóculo a la ardilla.
—Permítame... —El Duque levantó una mano grande y callosa (callos nobles, por supuesto, de empuñar espadas y riendas, no de trabajar) y rozó la mejilla de Dorothea—. Está usted ruborizada.
—Es el calor, milord —susurró ella, echando la cabeza hacia atrás de esa forma que, según las novelas, incitaba al matrimonio inmediato o a la ruina social—. El calor de su presencia.
Jenkins, que seguía en la puerta, miró al techo y consultó su reloj de bolsillo con un suspiro audible.
—Necesito... necesito quitarme estas prendas mojadas —gruñó el Duque, tirando de su corbata con frustración—. Me oprimen. Como las convenciones sociales nos oprimen a nosotros.
—¡Oh! —exclamó Dorothea—. ¡Aquí no! ¡Mis hermanas!
—Que miren —dijo el Duque, girándose con un movimiento teatral. Sus ojos se posaron en Mercy y su ardilla—. Que aprendan lo que es un hombre de verdad.
Mercy levantó la ardilla disecada, saludando con la patita rígida del animal. —Encantada, Duque. Este es el Señor Nueces. Cree que la política fiscal de Gladstone es un desastre.
El Duque parpadeó, rompiendo el personaje por un microsegundo, pero se recuperó al instante, volviendo a su mueca de tormento romántico. —Su hermana tiene... un espíritu salvaje. Me gusta. Pero es usted, Dorothea, quien posee mi alma.
Se acercó más, acorralándola contra el piano de cola. El piano, que estaba desafinado desde 1840, emitió un gemido discordante cuando Dorothea se apoyó en él.
—Dígame que me desea —exigió el Duque, su aliento oliendo a brandy caro y a mentas para el mal aliento—. Dígame que este fuego no es unilateral.
Dorothea lo miró a los ojos. Detrás de él, vio a Jenkins sacando un paraguas y abriéndolo dentro de la casa para protegerse de las gotas que caían del abrigo del Duque.
—Lo deseo, Sebastian —dijo ella—. Deseo... que se quite esa camisa mojada antes de que coja una neumonía. Y deseo explorar los abismos de su... corazón.
—¡Ja! —gritó Prudence, tirando las cartas—. ¡Escalera real! Gané, gato estúpido. Paga.
El momento romántico se tambaleó, pero no cayó. El Duque agarró a Dorothea por la cintura. El corsé crujió alarmantemente, sonando sospechosamente como un disparo de mosquete.
—Entonces no esperemos más —rugió el Duque—. Huyamos a mi finca. Tengo una biblioteca con libros prohibidos y una colección de estatuas griegas anatómicamente sorprendentes.
—Sí —suspiró Dorothea, cayendo en sus brazos—. Llévame lejos de esta existencia banal.
Mientras la pareja se miraba con lujuria desenfrenada, Jenkins se acercó con una fregona.
—Si ya han terminado de intercambiar fluidos oculares —dijo el mayordomo monótono—, ¿podría sugerir que el Duque se escurra en el vestíbulo? El parquet es nuevo.
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