domingo, 28 de diciembre de 2025

El Déficit del Deseo (Extracto)

 


Capítulo 1: El Incidente del Expreso

El ascensor que subía a la planta 90 de "Finanzas Estratégicas Blackwood" no reproducía música ambiental. Reproducía, en un bucle sutil pero perceptible, el sonido de monedas cayendo unas sobre otras. Anastasia Steele—no, espera, el editor dijo que ese nombre ya estaba cogido. Anastasia Stone. Eso es.

Anastasia Stone sintió que su currículum, impreso en papel de lino de veinticuatro libras, se humedecía en sus manos sudorosas. Era su primer día como becaria en el departamento de Fusiones y Adquisiciones, que, según había leído en el folleto de bienvenida, era "donde la magia financiera se encuentra con la sinergia empresarial".

El folleto no mencionaba que el departamento de Fusiones y Adquisiciones también era donde la máquina de café tenía una crisis de identidad y el jefe de contabilidad podría ser, o no, un vampiro.

Cuando las puertas de acero cepillado se abrieron con un siseo satisfactoriamente caro, Anastasia entró en un mundo de cristal, cromo y una tensión tan palpable que casi podía saborearla. La recepcionista, una mujer esculpida en hielo llamada Genoveva, la miró por encima de unas gafas que parecían no tener cristal.

—Señorita Stone. Llega tarde. Dos minutos y catorce segundos. El Señor Blackwood detesta la falta de puntualidad. Es el pilar sobre el que construyó este imperio. La puntualidad y, cito, "una hostilidad saludable hacia nuestros competidores".

—Lo siento, el autobús...

—El Señor Blackwood no toma el autobús. El Señor Blackwood posee la compañía de autobuses y modifica las rutas según su estado de ánimo. Su oficina está al final del pasillo. Lleve esto. —Genoveva le tendió una bandeja con una sola taza de café humeante—. Es un expreso de Kopi Luwak. No lo derrame. Cuesta más que su salario semanal.

Anastasia, con el corazón en la garganta, tomó la taza de porcelana.

Mientras caminaba por el pasillo de mármol, no pudo evitar notar el ambiente. En la superficie, era el pináculo del capitalismo moderno. Hombres y mujeres con trajes impecables hablaban en susurros urgentes. Pero si mirabas más de cerca...

En una esquina, dos analistas júnior no estaban discutiendo acciones. Estaban en una acalorada puja de susurros por una grapadora roja.

—¡Te doy mi almuerzo de mañana, Gary! —¡Ni hablar, Phil! Esta grapadora es el modelo Swingline 747. Es el Rolls-Royce de las grapadoras. Siente ese peso. Pura autoridad.

En la sala de descanso, vio a un hombre llorando suavemente frente a la máquina expendedora. —¿Por qué? —sollozaba el hombre, golpeando el cristal—. ¿Por qué me das Doritos cuando he pulsado C4? ¿QUÉ SABES TÚ DE MIS ANHELOS, MÁQUINA DESALMADA?

Anastasia aceleró el paso, apretando la taza de café. Llegó a las puertas dobles de caoba que simplemente decían "BLACKWOOD".

Tomó aire, equilibró la taza y empujó la puerta.

El despacho era cavernoso. Un ventanal del suelo al techo envolvía la habitación, mostrando la ciudad como un juguete a sus pies. Y allí, de espaldas a ella, estaba él.

Damien Blackwood.

Era exactamente como las fotos de Forbes, pero en alta definición y más enfadado. Un traje oscuro se ceñía a sus hombros anchos. Se giró lentamente, y Anastasia sintió que sus rodillas flaqueaban. Tenía unos ojos grises, como una tormenta ártica antes de decidir si va a acabar contigo o solo a congelarte el alma. Su mandíbula parecía tallada en granito.

—Usted —dijo, y su voz era como grava envuelta en terciopelo—, debe ser la señorita Stone.

—Sí, señor Blackwood. Su... su café.

Y, por supuesto, fue en ese preciso instante cuando el universo decidió jugar a los dados.

Un pequeño robot aspirador, del tamaño de un plato de postre y con el nombre "MARVIN" escrito en cinta adhesiva, salió zumbando de debajo del escritorio. Se dirigió directamente hacia los tacones de Anastasia.

Ella dio un traspié.

El tiempo se ralentizó.

El expreso de Kopi Luwak, valorado en ciento cincuenta dólares, trazó un arco perfecto y aterrizó de lleno sobre la camisa de algodón egipcio de mil dólares de Damien Blackwood.

El silencio fue ensordecedor.

Anastasia se quedó petrificada. El robot aspirador "MARVIN" chocó suavemente contra el zapato de Damien, dio media vuelta y se retiró bajo el escritorio, con un aire de misión cumplida.

Damien Blackwood bajó la mirada hacia la mancha oscura que se extendía por su pecho, goteando sobre su cinturón de piel de cocodrilo.

Anastasia contuvo la respiración, esperando que la despidiera, la desintegrara o la demandara.

Él levantó un dedo, pidiendo silencio, aunque ella no estaba hablando. Se acercó al intercomunicador de su escritorio.

—Genoveva.

—¿Sí, Señor BlackLood? —respondió la voz metálica de la recepcionista.

—Ha vuelto a ocurrir.

Hubo una pausa. —¿El café, señor?

—El café, Genoveva.

—¿Fue MARVIN otra vez?

—Fue MARVIN otra vez.

—Pondré al robot en régimen disciplinario y pediré otra camisa a la tintorería. ¿Quiere que llame a seguridad para que saquen a la señorita Stone?

Damien Blackwood alzó la vista y sus ojos grises se clavaron en los de Anastasia. Ella estaba temblando, pero también luchando contra una risa histérica.

Él la observó durante un largo segundo. Vio el pánico en sus ojos, pero también la chispa de absurdo.

—No —dijo finalmente, con voz profunda—. Eso no será necesario. Pero, señorita Stone...

—¿Sí, señor?

Él se desabrochó los gemelos de platino. —Vaya al despacho de Gary o Phil. Tráigame la grapadora roja. Voy a necesitar desahogarme. Y usted... usted va a redactar una carta de despido muy severa para ese robot aspirador.

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