lunes, 5 de enero de 2026

La Dama de Encajes y la Bruja de Batalla (38): El Océano de la Mente

 

El salto dimensional a 333-Theta no se sintió como un movimiento a través del espacio, sino como el instante justo antes de quedarse dormido: una caída suave, una desconexión de los sentidos y luego, un cambio repentino de contexto.

Cuando los sensores de la Vector Silencioso volvieron en sí, no estábamos en el vacío.

—Informe —pedí, aunque mis propios ojos no podían procesar lo que veían.

Naceel, proyectada en el puente como un avatar de luz dura, parecía irritada. Su cuerpo parpadeaba. <Informe: Error. Las leyes de la termodinámica aquí son... sugerencias. La constante gravitacional es igual a "melancolía". La velocidad de la luz depende de lo "interesante" que sea el destino. Jefa, odio este lugar.>

Miramos por el ventanal panorámico. No había estrellas. Estábamos sumergidas en un fluido respirable de colores pastel, un crepúsculo eterno de violetas, rosas y oros. Nubes inmensas que parecían hechas de algodón de azúcar y recuerdos flotaban a nuestro alrededor. Y en lugar de planetas, había islas. Islas imposibles: relojes gigantes derritiéndose sobre montañas, castillos hechos de naipes que desafiaban al viento, bosques donde los árboles eran violonchelos que tocaban solos.

—Estamos dentro de él —susurró Samu, pegando la mano al cristal—. No es un lugar. Es él. Cada nube es un pensamiento. Cada isla es un recuerdo. Estamos navegando dentro de la mente de Caelum.

<ZAFIRA>: Pues tiene una mente muy hortera. ¿Habéis visto eso? ¡Una cascada de chocolate! Espera... quiero probarla. Voy a abrir una escotilla.

—¡No! —ordenó Val—. No interactúes hasta que sepamos las reglas. Si este universo es consciente, somos bacterias en su torrente sanguíneo. Podría decidir que somos un virus y enviarnos... no sé, anticuerpos de pesadilla.

—¿Cómo nos comunicamos? —pregunté—. No podemos simplemente llamar por radio a "Dios".

Samu cerró los ojos, extendiendo sus sentidos empáticos más allá del casco de la nave (que técnicamente era Zafira). —No con palabras, Nat. Con resonancia. Él se recrea a sí mismo constantemente. Si queremos hablarle, tenemos que entrar en su narrativa. Tenemos que... actuar.

De repente, el "cielo" cambió. Los colores pastel se tornaron en un gris tormentoso. Las nubes de algodón se volvieron de hierro oxidado. La temperatura bajó drásticamente dentro de la nave, ignorando nuestros sistemas de soporte vital.

<Alerta> —dijo Naceel—. <Pico de entropía emocional detectado. El entorno se está volviendo hostil. Detecto formas de vida generándose espontáneamente a babor.>

Del "océano" de niebla surgieron figuras oscuras. No tenían forma definida, eran masas de tinta negra y dientes blancos, chirriando con el sonido de la tiza en una pizarra. —Son pesadillas —dijo Val, desenfundando su espada—. Miedos manifestados. Caelum está teniendo un mal sueño.

—¡Zafira, armas! —grité.

—¡Espera! —interrumpió Samu—. ¡No! Si disparamos, validamos el miedo. Si luchamos, le decimos al universo que hay un conflicto. Él cree que está siendo atacado, por eso crea monstruos. ¡Tenemos que cambiar la narrativa!

Las sombras se abalanzaron sobre la nave, arañando el casco perfecto de Zafira.

—¿Entonces qué hacemos? —gruñó Zafira, sintiendo los arañazos como si fueran en su propia piel—. ¡Me están despintando!

—¡Nat, Naceel! —ordenó Samu—. ¡Proyectad algo! ¡No un escudo, sino una imagen! ¡Algo que calme! ¡Una nana visual!

Entendí la lógica onírica al instante. No podíamos ganar con fuerza, solo con convicción. —Naceel, accede a la base de datos de "Estímulos Calmantes". Proyecta un holograma masivo alrededor de la nave. ¡Ahora!

<Ejecutando protocolo "Dulces Sueños">, respondió la IA.

Los emisores holográficos de la Vector Silencioso se encendieron. Pero en este universo, los hologramas no eran solo luz; se volvían sólidos al contacto con la realidad psíquica. Naceel proyectó un campo de flores doradas inmensas y una luz cálida, como un amanecer de verano. Al mismo tiempo, Zafira (entendiendo el juego) emitió una vibración de baja frecuencia, un ronroneo cósmico que resonó en el éter.

El efecto fue inmediato. Al tocar la luz del "amanecer", las sombras de tinta no se destruyeron; se transformaron. Los dientes se volvieron pétalos. Los chirridos se convirtieron en canto de pájaros. Las pesadillas se disolvieron en mariposas de luz.

El universo a nuestro alrededor se relajó. El cielo volvió a ser violeta.

—Funciona —dijo Val, bajando la espada, fascinada—. Hemos cambiado su estado de ánimo.

En ese momento, una corriente se formó en el fluido espacial. No era viento, era una invitación. Un camino de baldosas de luz se desplegó frente a nuestra nave, guiándonos hacia el centro de la nebulosa.

<Nos está invitando a pasar> —dijo Naceel—. <Aunque mis sensores indican que en el centro de esa zona la realidad es tan densa que matemáticamente es un agujero negro de imaginación.>

Seguimos el camino. En el centro del universo, flotando en el vacío, no había un palacio, ni un templo. Había una simple habitación de niño, sin paredes ni techo, flotando en la nada. Una cama deshecha, juguetes dispersos que eran galaxias en miniatura, y sentado en el borde de la cama, un joven abrazando sus rodillas, mirando al infinito.

Era Caelum. O al menos, la imagen que él tenía de sí mismo: pequeño, solo y abrumado por su propia inmensidad.

Aterrizamos la nave suavemente al borde de su "habitación". Salimos. Aquí, el aire sabía a ozono y a lluvia antigua.

El joven levantó la vista. Sus ojos no tenían iris, eran ventanas a nebulosas profundas y giratorias. —Sois ruidosas —dijo. Su voz no vino de su boca, sino que resonó en el aire, haciendo vibrar nuestros dientes—. Hacía eones que nadie entraba en mi sueño sin ser devorado por mis miedos. Convertisteis mis monstruos en flores. ¿Por qué?

Me adelanté, tratando de mantener mi mente clara, sabiendo que él podía leer cada pensamiento. —Porque no venimos a luchar, Caelum. Venimos a despertarte... o mejor dicho, a ofrecerte un sueño mejor.

Él sonrió tristemente, y al hacerlo, una estrella fugaz cruzó el cielo sobre nosotros. —¿Despertar? Si despierto, todo esto desaparece. Yo soy este lugar. Si dejo de soñar, me extingo. Estoy atrapado en mi propio ciclo. Me creo a mí mismo, y a veces... a veces no me gusto lo que creo.

—Lo sabemos —dijo Samu con suavidad—. Por eso te necesitamos. Tu capacidad para convencer a la realidad de que sea lo que tú sueñas.

Proyecté el holograma del Sifón de Estabilidad. —Estamos construyendo un puente entre mundos. Un lugar donde la lógica y la magia se encuentran. Pero la lógica es fría y frágil. Necesitamos a alguien que pueda soñar que el puente es sólido. Alguien que pueda mirar un universo imposible y decir "esto es real", y hacerlo verdad.

Caelum se puso de pie. Al hacerlo, creció tres metros, luego se encogió a tamaño normal. Su forma fluctuaba con su interés. —¿Queréis que sueñe para vosotras?

—Queremos que sueñes con nosotras —corrigió Zafira, materializándose en su forma humana (o algo parecido, con más brillos de lo normal)—. Mira, tu sueño aquí es bonito, pero es solitario. Y aburrido. En nuestro Nexo, hay caos, hay gente ruidosa, hay aventuras. Y necesitamos un Arquitecto de Sueños.

Caelum miró el holograma, y luego a Naceel (la Lógica), a Val (el Orden), a Zafira (el Caos) y a Samu (la Vida). —Un sueño compartido... —murmuró. La idea pareció fascinarle. Un universo que no tuviera que sostener él solo todo el tiempo. Un lugar donde pudiera descansar sin desaparecer.

Extendió la mano. La realidad alrededor de sus dedos se curvó. —Tengo una condición —dijo—. Si voy con vosotras, no seré una herramienta. Seré el artista. Vosotras ponéis los ladrillos; yo decido el color del cielo.

—Trato hecho —dije, estrechando su mano.

Su tacto fue eléctrico. En ese instante, la habitación del niño colapsó. El cielo de colores pastel se arremolinó y fue absorbido hacia el interior de Caelum. El universo entero se plegó sobre sí mismo, convirtiéndose en una esfera de luz pulsante que se alojó en su pecho.

De repente, estábamos de vuelta en el espacio normal, en la cabina de la Vector Silencioso. Caelum estaba allí con nosotras, un joven de apariencia humana pero con ojos de galaxia, mirando con curiosidad los controles de la nave.

<NACEEL>: Lecturas de realidad estabilizadas. Tenemos al pasajero. Y Jefa... mis simulaciones indican que con él a bordo, la probabilidad de éxito del Sifón acaba de subir al 94%.>

Sonreí. Teníamos las piezas. La Mano (El Herrero) para construirlo. El Cerebro (Naceel) para calcularlo. El Corazón (Caelum) para soñarlo.

Era hora de volver al Nexo Cero y realizar el primer milagro de ingeniería cósmica: conectar la vida y la muerte para salvarlas a ambas.

CONTINUARÁ...

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