sábado, 10 de enero de 2026

Diario de un Escritor Flustrado

 

Diario del Escritor (Entrada #514):

Arabella ha descubierto a Dan Brown. Dios nos asista. Me ha enviado un esquema de la trama que incluye "La Orden de la Jarretera Mística", un priorato secreto que protege "El Orgasmo Sagrado" y un protagonista que es profesor de "Simbología Tántrica" en Harvard. Al parecer, resolver acertijos históricos da mucha sed y, por lo visto, la única forma de hidratarse es lamer el sudor del cuello de una criptóloga francesa.

Mi intento de sugerir que quizá, solo quizá, si te persigue un monje albino asesino, no es el momento ideal para un "encuentro apasionado en la cripta", fue rechazado. "El peligro es afrodisíaco", dijo ella. Yo digo que el peligro causa colon irritable, pero quién soy yo para juzgar.

He decidido desquitarme con el asesino. Si tengo que escribir sobre conspiraciones absurdas, el villano va a tener problemas de presupuesto.


Capítulo 3: El Código del Deseo

El Museo del Louvre estaba en silencio, un silencio denso y cargado de historia, roto solo por el eco de unos pasos apresurados y el roce de la seda contra el tweed.

Harrison Chase, el profesor de Simbología más renombrado del mundo (y poseedor de unos pectorales que desafiaban la lógica académica), arrastró a la bella criptóloga francesa, Camille De La Coeur, hacia la sombra de la Venus de Milo.

—¡Nos siguen, Camille! —jadeó Harrison, acorralándola contra el pedestal de mármol. Sus ojos azules recorrieron el rostro de ella como si fuera un manuscrito antiguo que necesitaba descifrar con urgencia—. La Orden del Silencio está aquí. Quieren el secreto.

—Pero Harrison —susurró Camille, su vestido de noche rasgado estratégicamente para mostrar una pierna kilométrica—, ¿cuál es el secreto?

Harrison se inclinó, su aliento caliente contra su oído. —El secreto... es que el Santo Grial no era una copa. Era una metáfora de la unión perfecta de dos cuerpos. Y la clave para abrir la cámara acorazada de Zurich... es la frecuencia de tus gemidos.

Camille se estremeció. —Oh, Harrison. Eres tan inteligente. Hblame más de la secuencia de Fibonacci mientras me besas.

Mientras Harrison comenzaba a explicar la Proporción Áurea trazando líneas imaginarias (y muy lentas) sobre el escote de Camille, en el fondo de la galería, la realidad seguía su curso.

Un guardia de seguridad nocturno llamado Jean-Claude estaba sentado en un taburete plegable, comiendo un bocadillo de queso brie con una tranquilidad pasmosa. A su lado, su perro, un caniche llamado "Napoleón" que sufría de flatulencias crónicas, dormía plácidamente.

—Mira a esos dos, Napoleón —murmuró Jean-Claude con la boca llena—. Llevan media hora tocándose delante de la estatua sin brazos. Si rompen algo, voy a tener que rellenar el Formulario 34-B. Y odio el Formulario 34-B. Casi prefiero que roben el cuadro de la Gioconda; el formulario de robo es mucho más corto.

De repente, una figura encapuchada surgió de las sombras del pasillo adyacente. Era el Hermano Silas... bueno, el Hermano Bartolo. La Orden había tenido recortes presupuestarios y Bartolo no era albino, simplemente estaba muy pálido porque pasaba mucho tiempo en el sótano jugando a videojuegos. Además, cojeaba, no por una cilicio de penitencia, sino porque se había golpeado el dedo meñique del pie con la mesita de noche esa misma mañana.

Bartolo desenfundó una daga... o lo intentó. La daga se enganchó en el forro de su túnica de poliéster barata. —¡Maldición! —susurró el asesino, forcejeando con su propia ropa—. ¡Morid, herejes del amor! ¡En cuanto consiga... sacar... esto...!

Mientras tanto, Harrison y Camille seguían en su burbuja de lujuria conspiranoica. —La pista está en el cuadro, Camille —dijo Harrison, girándola bruscamente hacia La Boda de Caná—. Mira las jarras de vino. Simbolizan la embriaguez de los sentidos. Igual que yo estoy ebrio de ti.

—¡Harrison! —gimió ella—. ¡Hazme tuya aquí mismo, sobre el parqué del siglo XVIII!

—¡Eh! —gritó Jean-Claude desde su taburete, agitando un trozo de corteza de queso—. ¡El parqué está recién encerado! ¡Si resbaláis y os abrís la cabeza, no pienso llamar a la ambulancia hasta que termine mi descanso!

El asesino Bartolo finalmente liberó su daga, pero con el impulso, tropezó con el cubo de la fregona que alguien había dejado olvidado. El cubo rodó ruidosamente por el pasillo, haciendo un estruendo metálico que resonó en toda la sala. CLANG, CLANG, CLANG, SPLASH.

Harrison se giró, con los ojos entrecerrados, protegiendo a Camille con su ancho torso. —¿Has oído eso? —preguntó con voz grave—. Suena como las campanas de la Catedral de Notre Dame... una advertencia de los antiguos templarios.

—No, Harrison —susurró Camille, asustada—. Creo que es el sonido de la muerte acercándose.

Al fondo, Bartolo estaba en el suelo, empapado en agua sucia de fregar, intentando levantarse con dignidad mientras el caniche Napoleón se acercaba a olisquearle la cara con curiosidad y luego, con total indiferencia, levantaba la pata sobre la túnica del asesino.

—¡No! ¡Bestia inmunda! —chilló Bartolo en voz baja—. ¡Soy el azote de Dios! ¡Respétame!

Jean-Claude suspiró, miró su reloj y se levantó pesadamente. —Oiga, usted, el del pijama —le dijo al asesino—. Está mojando el suelo. Y usted, el del traje de tweed... deje de mirar a la chica como si fuera un menú del día y salgan de aquí. El museo cierra en cinco minutos y tengo que soltar a los dobermans. Bueno, no son dobermans, son más caniches, pero tienen muy mal carácter si no han cenado.

Harrison, ignorando completamente al guardia y al asesino humillado, miró a Camille con intensidad renovada. —Tenemos que huir, Camille. Hay fuerzas oscuras que intentan detenernos. Fuerzas que no comprenden la pureza de nuestra unión.

—Llévame, Harrison. Llévame al Papamóvil. He oído que tiene cristales tintados.

Harrison la tomó de la mano y corrieron hacia la salida de emergencia, sus pasos resonando heroicamente.

Bartolo, aún en el suelo y oliendo a perro, miró a Jean-Claude. —¿Cree que me puede validar el ticket del parking? La Orden no me cubre los gastos de desplazamiento.

Jean-Claude le dio un mordisco a su bocadillo. —Ni hablar. Y limpie ese charco antes de irse.


Nota del escritor: Creo que he conseguido meter la palabra "falo", "obelisco" y "cripta" en el mismo párrafo más adelante. Arabella estará encantada. Yo voy a beberme una botella de vino barato y a leer a Pratchett para desintoxicarme.

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