
Diego Bondariaga no era un hombre de grandes sorpresas, principalmente porque la sorpresa es un lujo que uno no puede permitirse cuando ha visto a demasiados amigos terminar convertidos en estadística o en ceniza. Estaba encadenado a una mesa de oro macizo —un metal vulgar, pensó, útil solo para empastar muelas o para que los necios se crean dioses— mientras un haz de luz roja, de una pureza casi insultante, avanzaba con la parsimonia de un funcionario de aduanas entre sus piernas.
—¿Espera que hable, Goldfinger? —preguntó Bondariaga. Su voz sonó como el crujido de una bota sobre grava seca. Tenía ese tono de quien ha fumado demasiados cigarrillos sin filtro y ha leído demasiados informes de bajas.
Goldfinger sonrió. Era una sonrisa cara, de las que se ensayan frente al espejo de un hotel de cinco estrellas mientras el mundo real, el de verdad, se desangra fuera.
—No, señor Bondariaga —respondió el villano—. Espero que se volatilice. Es una cuestión de física aplicada. El láser no tiene ideología, ¿sabe? Simplemente decide que lo que está en su camino ya no debería estar ahí.
El láser en cuestión era un modelo Ignis-Fatuus 3000. Como casi toda la tecnología de punta en el mundo, el láser tenía una crisis de identidad profunda¹. Avanzaba por la superficie de la mesa con una determinación que solo los objetos inanimados, libres del engorroso concepto del libre albedrío, pueden exhibir. No buscaba matar a Bondariaga por maldad; simplemente estaba programado para seguir una línea recta hasta que algo, preferiblemente algo con mucha densidad molecular, le dijera lo contrario.
Bondariaga observó el calor ascendente. Sintió el sudor frío recorriéndole la nuca, esa vieja conocida que siempre aparece cuando la partida está a punto de cerrarse. Había algo profundamente español en su situación: morir atado a una fortuna en oro, asesinado por una luz de colores mientras un tipo con ínfulas de grandeza le soltaba un discurso. Era el destino de España en miniatura; mucha puesta en escena para un final sucio en un sótano.
—Bonito juguete —masculló Bondariaga, calculando la distancia hasta el interruptor térmico con la frialdad de quien calibra un fusil en una azotea de Beirut—. Aunque me han dicho que los modelos nuevos vienen con menos prepotencia.
El agente estiró un tendón que había aprendido a ignorar durante años de torturas y gimnasios de mala muerte. Si iba a morir, lo haría con la dignidad de quien sabe que el infierno es solo otro destino de despliegue, probablemente con mejor clima que Londres en noviembre.
¹ Los láseres, por lo general, preferirían ser punteros en conferencias de bibliotecarios, donde el riesgo de incinerar a un agente secreto es considerablemente menor y las galletas del café son gratis.
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