sábado, 3 de enero de 2026

Diario de un Escritor Flustrado

 

Diario del Escritor (Entrada #402):

Arabella me ha enviado una nota escrita en papel perfumado con olor a "Bosque Prohibido" (que huele sospechosamente a pino de ambientador de coche). Quiere un romance de hombres lobo. "Alfa, Beta y Omega", decía la nota. Al principio pensé que estaba hablando de una ecuación matemática o de una fraternidad universitaria, pero no. Quiere gruñidos, quiere marcas de propiedad y quiere que el protagonista se rompa la camisa cada vez que se enfade.

Yo solo quería escribir sobre un hombre lobo que es vegetariano y que se siente muy culpable cada vez que persigue a un conejo, así que termina invitando al conejo a una ensalada para compensar. Pero no. Arabella quiere "furia animal". Pues tendrá furia. Y también tendrá a un grupo de ardillas críticas de teatro en el fondo. A ver si lo pilla.


Capítulo 1: El Aullido del Destino (y de la Ciática)

La luna llena colgaba sobre el bosque de Blackwood Ridge como una moneda de plata lanzada por un dios indeciso. La niebla se arrastraba entre los árboles antiguos, ocultando secretos ancestrales y, más específicamente, ocultando el hecho de que el camino principal necesitaba un reasfaltado urgente.

Elena, una bióloga marina que, por razones que la trama se negaba a explicar, estaba perdida en un bosque de montaña a quinientos kilómetros del mar más cercano, corría. Su respiración se quebraba en su garganta. Su cabello color caoba ondeaba al viento, enganchándose artísticamente en las ramas sin despeinarse de verdad.

—¡Ayuda! —gritó Elena, tropezando con una raíz convenientemente colocada—. ¡Siento que algo me acecha!

A unos metros de distancia, oculto tras un roble milenario, estaba Magnus. El Alfa de la manada Colmillo de Sangre.

Magnus era una montaña de músculos tensos. Su mandíbula era tan cuadrada que podías usarla para calibrar instrumentos de arquitectura. Sus ojos, de un ámbar brillante, seguían a la chica con un hambre depredadora.

—Es ella —gruñó Magnus para sí mismo, su voz sonando como una batidora llena de grava—. Mi compañera predestinada. Huelo su esencia. Huele a... vainilla y desesperación.

Detrás de Magnus, su beta, un hombre lobo llamado Kevin, estaba sentado en un tronco, comiéndose un sándwich de atún envuelto en papel de aluminio. —Jefe, técnicamente huele a crema hidratante y a ese spray anti-mosquitos barato —dijo Kevin con la boca llena—. Y si no nos damos prisa, vamos a llegar tarde a la noche de bingo del clan. La abuela Jenkins se pone muy violenta si no empezamos a las nueve en punto.

Magnus ignoró a su subordinado. La lujuria y el instinto animal nublaban su juicio. Dio un paso hacia adelante, saliendo de las sombras. Se arrancó la camisa de franela, los botones saltaron disparados como metralla, golpeando a una lechuza que pasaba por allí, la cual soltó un "¡Uh-hu!" indignado.

—¡Mujer! —rugió Magnus, plantándose en el camino de Elena.

Elena frenó en seco, sus pechos subiendo y bajando dramáticamente (el editor insistió en esto). —¡Oh! —exclamó ella, llevándose las manos a la boca—. Un hombre... medio desnudo... en medio de la nada. ¿Eres... eres el guardabosques?

Magnus avanzó, acorralándola contra un pino. La corteza rugosa raspó la espalda de Elena, pero ella estaba demasiado hipnotizada por los pectorales de él como para notar que estaba pisando un hormiguero.

—No soy un simple guardabosques —susurró Magnus, inclinándose hacia su cuello. El calor que emanaba de su cuerpo era suficiente para hornear un pastel—. Soy el lobo que caza en la noche. Soy el dueño de este bosque. Y tú... tú eres mía.

—Pero... apenas nos conocemos —jadeó Elena, sintiendo ese "fuego innegable" del que hablaban las novelas de quiosco—. ¿No deberíamos... no sé, tomar un café primero? ¿Ver si somos compatibles en el horóscopo?

—El lobo no entiende de horóscopos —gruñó él, sus ojos brillando—. El lobo solo sabe lo que quiere. Y quiere reclamarte.

En el fondo, dos mapaches estaban sentados sobre una rama baja, observando la escena y compartiendo una bolsa de basura robada. —Le doy tres minutos antes de que empiece a hablar de la "conexión de almas" —dijo el Mapache A, mordisqueando una cáscara de plátano. —Nah —respondió el Mapache B—. Mira cómo tensa los glúteos. Va directo a la fase de "protección obsesiva". Apuesto mi mitad de la pizza podrida.

Magnus agarró la barbilla de Elena. —Tu corazón late como el de un colibrí atrapado —dijo poéticamente—. ¿Me tienes miedo?

—No —susurró ella, temblando—. Es... es anticipación.

—Jefe —interrumpió Kevin desde el fondo, consultando un reloj de pulsera digital que brillaba en la oscuridad—. En serio. El bingo. Me falta el número 69 para cantar línea y el premio es un jamón. Un jamón ibérico, Magnus. Prioridades.

Magnus soltó un rugido de frustración hacia el cielo, un sonido que hizo temblar las hojas de los árboles. —¡Silencio, Kevin! ¡Estoy intentando cortejar a mi compañera eterna!

Se volvió hacia Elena, intentando recuperar la intensidad. —Ignóralo. Es el consejo de ancianos... o algo así. Escucha, Elena. Ven a mi cabaña. Tengo... pieles. Muchas pieles. Y una chimenea. Y una total falta de wifi, lo que nos obligará a comunicarnos a un nivel primario.

Elena lo miró a los ojos. —¿Tienes netflix?

—Tengo la luna —respondió él intensamente.

—¿Y HBO?

—Tengo... el aullido del viento.

Justo entonces, un anciano con un andador apareció entre los arbustos, llevando un pijama de franela y una gorra de dormir. —¿Podéis bajar el volumen de la testosterona? —gritó el anciano, agitando su bastón—. ¡Algunos intentamos hibernar aquí! ¡Y tú, el de los esteroides, recoge esos botones! ¡Casi le sacas un ojo a mi gato!

Magnus apretó los dientes, una vena palpitando en su sien. La tensión sexual estaba en su punto máximo, pero también lo estaba la ridiculez de la situación. —Vámonos —le dijo a Elena, agarrándola de la mano y cargándola sobre su hombro como un saco de patatas—. Te llevaré a mi guarida. Allí nadie nos molestará. Salvo quizás el repartidor de Amazon, que viene mañana.

Mientras se alejaban hacia la oscuridad, Kevin suspiró, se levantó, recogió los botones del suelo y miró a los mapaches. —¿Alguien quiere el resto de mi sándwich? Se me ha quitado el hambre con tanto cliché.

El Mapache A asintió solemnemente. —Déjalo ahí, colega. Déjalo ahí.


¿Qué te parece? Creo que he cumplido con la cuota de "macho alfa posesivo" y "heroína que olvida su instinto de supervivencia", pero ese Kevin y los mapaches me han dado la vida.

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