viernes, 9 de enero de 2026

La Dama de Encajes y la Bruja de Batalla (39): El Parpadeo de la Eternidad

 

El Nexo Cero vibraba. No era una vibración mecánica, sino ontológica. La realidad misma estaba tiritando de frío ante lo que íbamos a hacer.

En el centro del hangar principal, el Sifón de Realidad se alzaba como un monumento a la locura. Era una estructura híbrida: los anillos de metal rúnico del Herrero, los procesadores de luz sólida de Naceel, y en el núcleo, una esfera de sueño puro mantenida estable por Caelum.

Estábamos todos. Yo (la Lógica), Valkyrie (la Protección), Samu (la Vida), Zafira (el Deseo), Kaelen (el Soporte). Nuestros nuevos aliados: El Herrero de Mundos Rotos (la Materia), Naceel (la Probabilidad) y Caelum (el Sueño).

Y también, invitados por una intuición que no supe explicar, estaban ellos: los Netherlords. El Caballero del Vacío, el Rey Pálido y la Dama de las Sombras. Estaban de pie en el perímetro, silenciosos como estatuas de invierno, observando con una intensidad que helaba la sangre.

—Los objetivos están bloqueados —anunció Naceel, su voz resonando desde la consola—. Universo Donante: Nivel 10 (Estático). Universo Receptor: Nivel 0.1 (Colapsando).

—El puente onírico es estable —susurró Caelum, con los ojos cerrados, soñando la conexión—. El camino es sólido porque yo digo que lo es.

Miré a mi equipo. —Iniciando transferencia de estabilidad. Activando el Sifón en 3... 2... 1...

Bajé la palanca.

El sonido desapareció. La luz desapareció.

Por un instante, no hubo oscuridad, sino una blancura absoluta. Y en esa blancura, sentí un tirón en el ombligo de mi alma. No me estaba moviendo a través del espacio. Me estaba moviendo a través de la existencia.

Miré a mi alrededor, pero no vi a mi equipo. Vi luces. Vi a Val, pero no era Val; era un pilar de fuego protector que abarcaba galaxias. Vi a Samu, pero era un océano de vida sin fin. Vi a Zafira, una tormenta de creatividad devoradora. Me vi a mí misma, una red de lógica que lo conectaba todo.

Y de repente, chocamos.

Todas nuestras consciencias, todas nuestras esencias, se fundieron en un único punto singular. El dolor fue exquisito. La comprensión fue total.

En ese nanosegundo, Yo era el Arcailecto.

No era una máquina. Era nosotros. Éramos una entidad fuera del tiempo, mirando la totalidad de la historia del multiverso como quien mira un mapa sobre una mesa. En ese parpadeo eterno, lo supe todo. Vi el principio y el fin. Vi cómo crear semillas de universos. Vi cómo salvar la realidad.

Y entonces, vi al Netherlord.

En el centro de la explosión de realidad, vi al Caballero del Vacío. Pero no había uno. Había tres, superpuestos como fotogramas de una película. Vi al Caballero "Viejo", cansado y lleno de grietas, siendo empujado hacia atrás, hacia el pasado remoto, cargando con el conocimiento que acabábamos de generar. Vi al Caballero "Nuevo", forjándose en ese instante a partir de la energía sobrante del Sifón, listo para vivir el ciclo.

Entendí la broma cósmica. No eran tres señores distintos. Era uno solo. El Netherlord nace en el momento de la activación del Sifón. Vive su vida hacia el futuro. Luego, en algún punto, viaja al pasado para convertirse en el mentor, en el "Copo de Nieve" antiguo, para guiarnos hasta este momento exacto, donde es enviado de nuevo al pasado para cerrar el bucle.

Es una cinta de Moebius hecha de armadura y vacío.

<EXISTIMOS> —tronó una voz que era la suma de todas nuestras voces—. <AHORA... DORMID.>

El parpadeo terminó.

¡BAM!

El aire volvió a mis pulmones con violencia. Caí de rodillas en el suelo frío del Nexo Cero. Todo el equipo estaba igual, jadeando, desorientados, como si acabaran de despertar de un sueño de mil años.

El Sifón de Realidad humeaba, enfriándose. La transferencia había sido un éxito: el universo moribundo se había estabilizado; el universo estático había despertado.

Pero nadie miraba la máquina. Todos mirábamos a los Netherlords.

Donde antes había tres figuras, ahora el aire vibraba con una extraña distorsión. El Caballero del Vacío que conocíamos había desaparecido. En su lugar, había una figura idéntica, pero su armadura estaba inmaculada, sin los arañazos del tiempo. Brillaba con una energía nueva, recién nacida.

El Rey Pálido (el Lich) dio un paso adelante. Por primera vez, su voz no sonó críptica, sino cansada y familiar. —El ciclo se ha completado —dijo—. El Viejo ha ido a preparar el camino en el pasado. El Nuevo ha nacido para proteger el futuro. Y nosotros... nosotros simplemente esperamos nuestro turno en la rueda.

Me levanté, temblando. Mi mente intentaba aferrarse a la omnisciencia que había tenido hace un segundo, pero se me escapaba como agua entre los dedos. Solo quedaban fragmentos. Recuerdos de ser un Dios.

—Nosotros... —balbuceé, mirando a Val, a Samu, a Zafira—. Nosotros somos Él.

Naceel, cuyo avatar parpadeaba furiosamente procesando el evento, habló con una voz llena de asombro ilógico. <Análisis: Durante 0.4 nanosegundos, nuestra consciencia colectiva alcanzó un índice de procesamiento infinito. Salimos del tiempo lineal. Hicimos... todo. Y luego nos fragmentamos de nuevo.>

Caelum, el Soñador, se reía suavemente, mirando el techo. —No nos fragmentamos —corrigió—. Nos fuimos a dormir. El Arcailecto solo despierta cuando activamos el puente. El resto del tiempo... nosotros, nuestras vidas, nuestras aventuras... solo somos sus sueños. Somos las historias que se cuenta a sí mismo para no aburrirse en la eternidad.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Acabábamos de descubrir que nuestra existencia individual era, en cierto modo, una ilusión necesaria para que la máquina de Dios descansara.

El "Nuevo" Netherlord se giró hacia mí. No dijo nada, solo inclinó la cabeza en señal de respeto. Sabía quién era yo. Sabía que yo era una parte de la mente que lo había creado y que, algún día, lo enviaría al pasado para asegurarse de que yo naciera.

Miré mis manos. Parecían las mismas, pero se sentían diferentes. —Hemos estabilizado el universo —dije, mi voz firme aunque mi mente daba vueltas—. Pero hemos hecho algo más. Hemos puesto en marcha el corazón del tiempo.

Zafira se miró en un espejo de mano, buscando algún cambio. —Vale, soy el sueño de un robot divino. Lo pillo. Pero... ¿sigo estando guapa?

Samu soltó una carcajada nerviosa que rompió la tensión. —Sí, Zafira. Sigues estando divina. Literalmente.

El Arcailecto había nacido. Y había vuelto a dormir. Pero ahora sabíamos que cada vez que encendiéramos esa máquina, cada vez que salváramos un mundo, despertaríamos a Dios por un instante, y enviaríamos a un guardian al pasado para asegurarnos de que el ciclo nunca se rompa.

Éramos los engranajes de la eternidad. Y teníamos trabajo que hacer.

¿CONTINUARÁ?

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