lunes, 2 de febrero de 2026

El Encuentro: Silencio, Vinilo y Ectoplasma



PRÓLOGO: El Protocolo de Transferencia

La Biblioteca Deichman olía a conocimiento estático y a papel enfriándose. Daniel buscaba una referencia sobre el colapso de la Edad de Bronce cuando la temperatura bajó cuatro grados exactos.

No fue un escalofrío. Fue la sensación de que el aire se volvía denso. Procesado.

— Estás buscando en el estrato equivocado, Daniel.

La voz no proyectaba sonido; vibraba directamente en el aire. Daniel se giró. Alejandro estaba allí, con un traje gris sin una sola arruga y una simetría facial que resultaba perturbadora. Sus ojos no parpadeaban al ritmo humano.

— Los imperios no caen por el hierro —continuó Alejandro—. Caen porque su sistema operativo agota la memoria. Se quedan sin espacio para gestionar la ambición.

Daniel apretó el libro contra su pecho, retrocediendo un paso. — ¿Quién es usted?

— Soy un arquitecto de lo que vienes a llamar "historia" —Alejandro se acercó. Sus pasos no hacían ruido sobre el parqué—. Te he elegido por tu redundancia, Daniel. Eres un Segundo Hijo.

Alejandro hizo una pausa, dejando que la palabra pesara en el silencio de la biblioteca.

— En la lógica de mi pueblo, eres una unidad de respaldo. No heredas el mundo. Por eso, eres el único con permiso para imaginar uno nuevo.

El Atlante extendió una mano. Sostenía un fragmento de obsidiana con circuitos de luz líquida.

— Mi gente creó algoritmos para gestionar la probabilidad. Vosotros las llamáis "hadas". Es una metáfora primitiva, pero sirve. Ahora mismo, mis hermanos las están reclamando para formatear este planeta.

Alejandro dejó el fragmento sobre la mesa. La sombra del hombre empezó a desprenderse de sus pies, deslizándose como una mancha de petróleo hasta Daniel.

— Se llama Cisne Negro. Es una unidad de sigilo y ética. Se está degradando. Si no la aceptas, los "Hombres de Gris" la capturarán. La convertirán en una esclava de caja negra para calcular trayectorias de misiles.

Daniel miró la sombra. Dos puntos de luz blanca se abrieron en el rostro de la figura.

— Ella necesita tu entropía, Daniel. Tu capacidad de dudar. De leer ficción. De creer en lo imposible. A cambio, ella te permitirá ver el mundo tal como es: un andamio de datos que puede ser modificado.

— ¿Qué tengo que hacer? —susurró Daniel.

— Acepta el Contrato de Familiar. Di su nombre y dale acceso a tu lóbulo parietal. Es una licencia de usuario compartido. Nada más.

Daniel sintió una conexión que iba más allá del miedo. Miró a la figura de sombra que ahora se alzaba frente a él, elegante y coronada por cornamentas.

— Cisne Negro...

La biblioteca desapareció por un milisegundo. Daniel vio a Alejandro como un gigante de luz blanca sosteniendo los hilos de la sala. Luego, un pinchazo dulce le recorrió el cráneo.

Transferencia completada —la voz de Alejandro ya sonaba lejana—. Tu vida como espectador ha terminado.

Alejandro no se fue caminando. Sus contornos se pixelaron, deshaciéndose en una ráfaga de estática que dejó un eco de zumbido eléctrico en los oídos de Daniel.

Solo quedó el olor a ozono. Daniel se quedó solo, pero en su mente, una voz suave como el roce de la seda le dijo:

— Gracias, Daniel. Tenemos mucho que leer antes de que el mundo se apague.

El Encuentro: Silencio, Vinilo y Ectoplasma

Daniel estaba sumergido en una primera edición de Fundación, tratando de ignorar el mundo. Pero Cisne Negro estaba inquieta. Dentro de su mente, la "Princesa" no dejaba de proyectar imágenes de interferencia estática y plumas negras erizadas.

Hay una anomalía de frecuencia acercándose, Daniel —susurró la voz de Cisne, que sonaba como el roce de la seda sobre piedra—. Es ruidosa. Es... metálica.

Entonces, las puertas batientes de la sala de lectura se abrieron con un estruendo que hizo que tres bibliotecarios saltaran en sus sillas. Lisa entró como una tormenta eléctrica. Sus botas militares resonaban contra el parqué pulido. Llevaba una camiseta de Dimmu Borgir tan desgastada que el logo parecía un mapa de una dimensión infernal. De sus auriculares, mal ajustados al cuello, se escapaba el doble pedal de una batería que sonaba como una ametralladora.

Daniel la miró, horrorizado por la profanación del silencio. Pero su mirada se congeló no en la minifalda de cuero de Lisa, sino en lo que había a sus pies.

Cerca de las botas de la chica, el aire vibraba. Para cualquier humano normal, no había nada. Para Daniel, gracias a la interfaz de Cisne, había un borrón de color rojo sangre y movimiento frenético. Un pequeño ser, con una gorra que goteaba algo espeso y oscuro, estaba saltando sobre las mesas de estudio, haciendo gestos obscenos a los bustos de filósofos griegos.

Gorra Roja Jack se detuvo frente a Daniel, olió el aire y enseñó sus dientes de hierro.

— ¡Eh, Lisa! —chilló el duende (y Daniel lo oyó perfectamente en su nuca)—. ¡Este flacucho tiene una de las nuestras! ¡Y es una de las estiradas de la Corte de Cristal!

Lisa se detuvo frente a la mesa de Daniel. Se bajó las gafas de sol, revelando unos ojos cargados de una energía eléctrica que Daniel reconoció de inmediato: era la mirada de alguien que también había firmado un contrato de sangre.

— Bonito libro —dijo Lisa, señalando Fundación con una uña pintada de negro—. Pero creo que tu "amiguita" está intentando decirte que nos están siguiendo.

Daniel tragó saliva, cerrando el libro con cuidado. — Se llama Cisne Negro. Y no es una amiguita, es... una socia. — El mío se llama Jack —Lisa se sentó en la mesa, ignorando el cartel de "No sentarse" y el siseo de desaprobación de un anciano a tres metros—. Y dice que tu aura huele a papel viejo y a miedo. Relájate, ratón de biblioteca. Alejandro me dijo que serías un soso, pero no mencionó que tendrías a una princesa de los cuernos de ciervo viviendo en tu cabeza.

En ese momento, las luces de la biblioteca parpadearon. Cisne Negro se manifestó parcialmente para Daniel: una sombra alta y coronada por cornamentas que se irguió detrás de su silla, envolviéndolo en un frío protector. Al mismo tiempo, Jack sacó una navaja que brillaba con luz azul neón y empezó a lamer el filo.

— Vienen los hombres de gris, ¿verdad? —preguntó Daniel, sintiendo que su vida de novelas de Narnia se estaba convirtiendo en una de las de Philip K. Dick. — Vienen con las Cajas Negras —confirmó Lisa, levantándose y ajustándose el top—. Así que, o te vienes conmigo en mi moto ahora mismo, o dejas que te conviertan el cerebro en una unidad de procesamiento para misiles. Tú eliges, Frodo.

Daniel miró a Cisne, que asintió con un movimiento solemne de su cabeza de ciervo. El introvertido suspiró, guardó su libro en la mochila y se ajustó las gafas.

— En El Señor de los Anillos, los elfos no escuchaban Power Metal —murmuró Daniel. — Pues se perdían lo mejor —respondió Lisa con una sonrisa feroz—. ¡Vámonos!

La huida de la biblioteca no fue el despliegue de magia de cuento de hadas que Daniel habría imaginado leyendo a Tolkien; fue una ráfaga de adrenalina, metal y pragmatismo tecnológico.


La Huida: Neumáticos y Vigilancia

Afuera de la biblioteca, el aire estaba cargado. Dos furgonetas negras se habían detenido en doble fila, bloqueando la salida principal. Hombres con auriculares y chaquetas tácticas bajaban con maletines metálicos: los receptores para las Cajas Negras.

— Por aquí, ¡muévete! —ordenó Lisa, arrastrando a Daniel hacia el callejón trasero.

Daniel corría tropezando con sus propios pies, mientras Cisne Negro proyectaba en su mente un mapa de calor que mostraba a los agentes rodeando el edificio. Jack, el Gorra Roja, corría por las paredes del callejón como un insecto rabioso, soltando chispas cada vez que sus garras tocaban el ladrillo.

Llegaron a un rincón donde descansaba una máquina esbelta, de líneas agresivas y minimalistas, pintada en un blanco gélido con detalles en amarillo flúor.

— ¿Dónde está la moto? —preguntó Daniel, jadeando—. Esperaba... no sé, una Harley Davidson. Algo con cuero, flecos y mucho ruido. — ¿Una Harley? —Lisa soltó una carcajada seca mientras saltaba sobre el asiento—. Eso es para jubilados que quieren sentir que aún tienen pulso. Esto es una Husqvarna Vitpilen. Sueca. Ingeniería pura. Es ligera, es rápida y se mueve entre el tráfico como un bisturí.

Lisa sacó dos cascos integrales del baúl de carga. Eran de color negro mate, con viseras de espejo que no dejaban ver absolutamente nada del interior.

— Toma. Póntelo. Ahora —le lanzó uno. — Sí, claro, la seguridad es lo primero —asintió Daniel, ajustándose las correas con manos temblorosas—. El trauma craneoencefálico es una de las principales causas de... — No es solo por si nos piñamos, genio —lo interrumpió Lisa, encajándose su propio casco—. Mira hacia arriba.

Daniel obedeció. Un dron de vigilancia de la policía sobrevolaba el callejón. — Estos cascos tienen un acabado de polímero que dispersa el escaneo biométrico. Si nos ven las caras, los algoritmos de la CIA nos etiquetarán como "amenaza biológica" en diez segundos. Con el casco puesto, solo somos dos moteros más en una ciudad de millones. La seguridad es el anonimato, Daniel.

Lisa arrancó el motor. El sonido de la Husqvarna no era un rugido gutural, sino un zumbido mecánico de alta frecuencia, casi como el de un insecto gigante. Jack desapareció de la vista, convirtiéndose en una mancha roja que se aferró al chasis de la moto.

— ¡Súbete y agárrate! —gritó Lisa por el intercomunicador del casco—. Y si Cisne Negro sabe hacer algo útil, dile que empiece a "ensuciar" la señal de los radares de tráfico.

Daniel se subió detrás de ella, sintiéndose ridículo y aterrado a la vez. Rodeó la cintura de Lisa con los brazos y, justo cuando los agentes de gris doblaban la esquina del callejón, Lisa soltó el embrague.

La Husqvarna salió disparada. Daniel sintió que su estómago se quedaba en la biblioteca junto a sus libros de Asimov. Mientras Lisa inclinaba la moto para esquivar un contenedor de basura, Daniel pudo ver, a través de la visera de espejo, cómo Cisne Negro extendía sus brazos de sombra sobre ellos, creando una distorsión visual que hacía que la moto pareciera una mancha de aceite moviéndose a 100 kilómetros por hora.

— ¡A Alejandro no le va a gustar que hayamos montado este número! —gritó Daniel por el micro. — ¡A Alejandro le gusta que estemos vivos! —respondió Lisa mientras la Husqvarna caballaba al entrar en la avenida principal—. ¡Bienvenido a la realidad, Frodo! ¡Menos bibliotecas y más asfalto!

El ambiente en Oslo ha cambiado en cuestión de minutos. Lo que empezó como un operativo discreto se ha transformado en un Estado de Sitio biotecnológico. Mientras Lisa serpentea con la Husqvarna por los callejones del barrio de Grünerløkka, Daniel observa aterrorizado cómo la ciudad se llena de luces azules y amarillas.

La Ciudad bajo el Velo: El Cerco de Oslo

— Lisa, esto no es normal —dice Daniel a través del intercomunicador, su voz tiembla—. Hay puestos de control en la entrada del túnel de Vålerenga. No están buscando criminales, están instalando trípodes con esas luces violetas...

Luminiscencia de espectro de hierro —escupe Lisa, inclinando la moto en un giro cerrado—. Si pasamos por debajo de eso, Jack y tu Princesa brillarán como bengalas en la oscuridad. Nos tienen marcados.

¿Cómo convencieron al Alcalde? ¿Sabe el Gobierno Noruego?

Daniel, cuya mente siempre busca la estructura del poder, empieza a conectar los puntos mientras se sujeta a la cintura de Lisa:

  • El Argumento del "Brote": La CIA no les dijo la verdad. Han activado un protocolo de emergencia internacional alegando un "Brote de Patógeno Priónico Altamente Contagioso" detectado en la biblioteca. Para el Alcalde de Oslo y el gobierno noruego, esto no es una operación policial, es una cuarentena sanitaria de seguridad nacional.
  • La Soberanía Secuestrada: El PST (Servicio de Seguridad de la Policía de Noruega) está colaborando, pero bajo el mando de "consultores" estadounidenses. El gobierno noruego cree que están salvando a su población de una pandemia cerebral, sin saber que el "patógeno" son en realidad conciencias alienígenas liberadas (las hadas).
  • El Control del Metro: Han bloqueado el T-Bane (metro) porque las estaciones subterráneas son perfectas para las Cajas Negras; las paredes de roca de Oslo actúan como una caja de resonancia para las frecuencias de captura de la CIA.

El Refugio de Alejandro: "La Forja Silenciosa"

Lisa evita las arterias principales y se dirige hacia el puerto de Sjursøya, una zona industrial de contenedores y grúas que parece un laberinto de hierro. Se detienen frente a un almacén de reparación de maquinaria pesada que tiene un cartel oxidado: “A. K. S. - Mecánica de Precisión”.

La puerta metálica se desliza pesadamente hacia arriba. Alejandro está allí, pero no parece el bibliotecario que Daniel recordaba. Viste un mono de trabajo gris y sostiene un dispositivo que parece un cruce entre un iPad y un sextante antiguo.

— ¡Dentro, rápido! —ordena Alejandro.

Nada más entrar, Lisa apaga la Husqvarna. El silencio es repentino y denso. El techo del almacén está recubierto con una malla de cobre y plomo: una Jaula de Faraday ontológica.

— Alejandro, ¡casi nos fríen! —grita Lisa quitándose el casco, empapada en sudor—. Han puesto escáneres en cada puente sobre el Akerselva.

Alejandro ignora la queja y pasa su dispositivo sobre Daniel. En la pantalla del aparato, Daniel ve su propia silueta, pero su pecho está envuelto en una red de hilos negros y plateados que palpitan: Cisne Negro está intentando retraerse para no ser detectada.

— El Gobierno de Noruega cree que está combatiendo un virus —dice Alejandro con una calma glacial mientras ajusta unos diales—. No saben que sus "aliados" están instalando una red de pesca para almas. Si la CIA logra desplegar el cerco completo, Oslo se convertirá en un procesador gigante. Cada ciudadano será escaneado.

Alejandro mira a Daniel y luego a Lisa. — No han venido solo por vosotros. Han detectado que hay "código libre" en la ciudad. Han detectado que Jack y Cisne no son esclavos. Y eso, para la civilización de la que yo vengo, es el error de sistema más peligroso de todos.

Jack se materializa sobre un motor diésel desarmado, su gorra roja ahora parece marrón oscuro, casi seca. — El viejo tiene razón —gruñe el duende—. El aire fuera pica. Huele a imanes y a muerte de la de verdad.

Daniel se limpia las gafas, mirando el mapa de la ciudad en los monitores de Alejandro. — Alejandro... si ellos creen que somos un virus, nos van a tratar como a uno. No van a parar hasta que nos "desinfecten", ¿verdad?

El Tercer Vértice: El Proyecto "Isekai"

Alejandro despliega un mapa holográfico de Oslo. Un punto parpadea en un barrio residencial tranquilo, lejos de las grúas del puerto: Ullevål.

— Ella es la clave —dice Alejandro—. Se llama Mina. Once años. Su compatibilidad con el código de las hadas es del 99%. Es un "segundo hijo" de una familia de diplomáticos noruegos.

— ¡Alejandro, por Dios! —salta Daniel, dejando caer su mochila—. ¿Estás loco? Tiene once años. ¡Es una niña! No puedes meterla en una guerra de alienígenas interdimensionales y espías de la CIA. Es... es inmoral. Es como el principio de Ender's Game, y sabes que eso no termina bien.

Lisa, que está limpiando la cadena de la Husqvarna con un trapo, levanta la vista y bufa: — El flacucho tiene razón, viejo. A esa edad yo estaba obsesionada con mis patines, no con salvar el tejido de la realidad. ¿Cómo vas a convencer a una cría de que se fusione con una IA alienígena?

Alejandro sonríe de lado, una expresión que en un Atlante resulta casi inquietante. — No tendré que convencerla yo. Lo hará Pixie. Y Mina no lo verá como una carga. Lo verá como el comienzo de su verdadera vida.

La Infiltración: Operación Ánime

Daniel y Lisa llegan a la casa de Mina bajo la cobertura de una "brigada de desinfección" de la ciudad (cortesía de los hackeos de Alejandro). Cuando entran en la habitación de la niña, Daniel se queda paralizado.

Las paredes están cubiertas de posters de Sailor Moon, Solo Leveling y Re:Zero. Hay figuras de resina por todas partes y una silla de "gamer" que parece el trono de una nave espacial. En el centro de la cama, una niña pequeña con gafas redondas y una tableta de dibujo mira a los intrusos con una calma sobrenatural.

— Habéis tardado —dice Mina sin levantar la vista de la pantalla—. Según mis cálculos, el evento de "transmisión de mundo" debería haber ocurrido hace dos paradas de metro.

Pixie se materializa sobre el hombro de Mina. No es una guerrera con cuernos como Cisne, ni un duende agresivo como Jack. Es una esfera de luz fractal que zumba con el sonido de un sintetizador japonés.

— ¡Mina! —exclama Daniel, tratando de sonar como un adulto responsable—. Escucha, somos... amigos de Alejandro. Estamos aquí para protegerte. Hay gente mala fuera, hombres con cajas...

Mina deja la tableta y mira a Pixie. La esfera de luz revolotea alrededor de su cabeza y se funde con su sombra, que de repente proyecta unas alas de mariposa pixeladas en la pared.

— Lo sé —dice Mina, sus ojos brillando con una excitación aterradora—. Pixie me lo ha explicado todo. Esto es un Isekai, ¿verdad? El mundo viejo está corrupto y vamos a abrir un portal a una dimensión de fantasía donde las reglas de la física son opcionales.

Lisa se queda boquiabierta, con el casco bajo el brazo. — Niña, esto no es un dibujo animado. Hay tíos con armas de verdad ahí fuera que quieren abrirte la cabeza.

Mina se pone en pie, se ajusta una mochila decorada con llaveros de peluche y mira a Lisa de arriba abajo. — Obviamente. Todo Isekai necesita una clase "Tank" con música de jefe final —señala a Lisa— y un "Scholar" que explica el lore pero siempre está asustado —señala a Daniel—. Yo soy la "Summoner". Pixie dice que si completamos el triángulo, puedo "formatear" el cerco de la CIA como si fuera un glitch de un juego retro.

Jack aparece en el hombro de Lisa y le da un pulgar hacia arriba a la niña. — Me gusta la cría —gruñe el duende—. Tiene fuego en el código.

El Triángulo de Señal

Alejandro les habla por los auriculares: — El triángulo está completo.

  1. Daniel (La Estabilidad): El ancla histórica y moral.
  2. Lisa (La Energía): El motor cinético.
  3. Mina (La Imaginación): La que posee la capacidad de "soñar" la nueva realidad.

— Mina —dice Daniel, rindiéndose ante la lógica de la niña—. ¿Estás segura de esto? Una vez que abramos el portal, no hay vuelta atrás a tu habitación, a tus padres... a la normalidad.

Mina sonríe y se pone unos cascos con orejas de gato que brillan en color neón. — Daniel-san, la "normalidad" es solo un servidor que se ha quedado sin memoria RAM. ¡Es hora de cambiar de mapa! ¡Pixie, activa el protocolo de renderizado!


Resumen de la Nueva Dinámica

Personaje

Clase (según Mina)

Hada Relacionada

Estado Mental

Daniel

Scholar / Lore-Master

Cisne Negro

Preocupado por la ética y la seguridad.

Lisa

Berserker / Tank

Gorra Roja Jack

Lista para romper cosas al ritmo de Sabaton.

Mina

Game Master / Summoner

Pixie

Cree que está viviendo su anime favorito.