lunes, 26 de noviembre de 2012

Instalando paquetes DEB fácil y rápidamente

Fuente: Ubuntulog

Instalando paquetes DEB fácil y rápidamente
En Ubuntu la instalación mediante interfaz gráfica de paquetes DEB descargados por el usuario es una tarea bastante simple y sencilla aunque no precisamente rápida pues es una acción que se realiza mediante el Centro de Software.
El Centro de Software está bien para buscar programas pero es demasiado para instalar un simple paquete DEB.
Por suerte existe GDebi, una pequeña herramienta que en el pasado se encargaba de la instalación de paquetes DEB en la distribución de Canonical pero que lamentablemente ha sido reemplazada por el Centro de Software de Ubuntu en las versiones más actuales del sistema operativo. Lo bueno es que sigue estando en los repositorios y su instalación es tan sencilla como abrir una consola y escribir:
sudo apt-get install gdebi
Una vez que GDebi esté instalado en nuestro sistema hay que hacer clic secundario sobre los paquetes DEB que queramos instalar y seleccionar el programa para que sean instalados mediante éste y no mediante el Centro de Software. Nos ahorraremos la carga del Centro de Software y el procedimiento de instalación seguirá siendo igual de sencillo que antes.

Carnaval de Matemáticas: La olvidada prueba del nueve

Fuente: Francis (th)E mule
En el podcast de SciFri, “Steven Strogatz: The Joy Of X,” 23 Nov 2012, le preguntan a Strogatz por qué funciona la prueba del nueve (“casting out nines” en inglés) y no sabe contestar. Como buen matemático y como buen profesor no tiene miedo en confesar que nunca se ha preocupado por buscar la razón detrás de esta prueba, por ello no puede contestar a la pregunta. Todo ello me ha traído a la memoria la prueba del nueve, que no siempre funciona, como muestra este dibujo de Luis Vives, “Aritmética. Segundo Grado,” Zaragoza, 1949. ¡Qué no te acuerdas de la prueba del 9! Solo hay dos opciones, o eres muy joven, o eres un poco desmemoriado. Veamos como nos la explica Vives en su libro.

La prueba del nueve sirve para comprobar sumas, restas, productos y divisiones. En esta figura tienes la explicación para el caso del producto. Sobran más palabras. ¿Cuál es el secreto de la prueba del nueve que Strogatz no ha sido capaz de recordar? Obviamente, utilizar aritmética módulo 9. Nada más simple. En el caso del producto si a = b (mód 9), y c = d (mód 9), entonces ac = bd (mód 9). Lo mismo ocurre con sumas y restas, y con operaciones que involucren un número finito de sumas, restas y productos (como la división).
¿Funciona siempre la prueba? Obviamente, no. ¿Cuál es la probabilidad de fallo? Como nueve posibles resultados, la prueba del nueve fallará 1/9 de las veces (un 11% de las veces). ¿Se puede utilizar una prueba del siete o de cualquier otro número? Por supuesto y combinar dos pruebas asegura la corrección del resultado con mayor probabilidad (1/54 corresponde a un 1,6% de fallos). “Acerca de la prueba del nueve,” y Antonio, “La ¿prueba? del 9,” Tito Eliatron Dixit, 20 mayo 2009, explican cómo aplicarla a la división. Más información en María Luz Callejo de la Vega, “Una nueva mirada a “la prueba del 9″,” SUMA 30: 53-58, feb. 1999, y en Michel Ballieu, “La prueba del nueve,” Investigación y Ciencia 334, Julio 2004. Por cierto, este último artículo reproduce un fragmento de un texto de Al-Khwarizmi del siglo IX donde se explica cómo realizarla, aunque lo que destaca es su contundente inicio…
“En la clase el ambiente es tenso. El maestro, severo pero justo, permanece en un extremo de la tarima. El niño, ante el gran pizarrón negro, gacha la cabeza, trata de esquivar la mirada de reproche que le lanza su instructor. “Vamos a ver… ¿estás seguro de que 171 x 231 son 39.401?”, le pregunta, impaciente la voz. La respuesta es tímida. “Esto… ¿sí, señor?”. El maestro estalla. “¡Pequeño cabestro! ¿No te das cuenta de que te has equivocado? ¿Te has olvidado de la prueba del nueve?” El niño, aterrorizado, guarda un silencio culpable y siente revolotear sobre sí la amenaza del castigo. La sentencia no tarda en llegar. “Abre la mano”, ordena el profesor, que golpea con su larga regla de hierro la palma infantil…”
En inglés recomiendo consultar Peter Hilton, Jean Pedersen, “Casting Out Nines Revisited,” Mathematics Magazine 54: 195-201, Sep. 1981, y Murray Lauber, “Casting Out Nines: An Explanation and Extensions,” The Mathematics Teacher 83: 661-665, Nov. 1990. El uso de la prueba del nueve en Educación Básica ha sido criticado por algunos y defendido por otros. Ver por ejemplo, Maxim Bruckheimer, Ron Ofir, Abraham Arcavi, “The Case for and against “Casting out Nines”,” For the Learning of Mathematics 15: 23-28, Jun. 1995.
Atención, pregunta, ¿merece la pena que los profesores de Educación Básica recuperen la prueba del nueve en lugar del uso de la calculadora para chequear resultados? Utiliza los comentarios para ofrecer tu opinión, si te apetece.
Esta entrada participa en la Edición 3.14159265 del Carnaval de Matemáticas, que en esta ocasión se organiza en PiMedios. La aventura de las matemáticas.
PS: En los comentarios Emm Alva escribe que “Creo que los niños de Educación Básica no deberían utilizar calculadora o algún dispositivo electrónico, porque siento que gracias a esas herramientas su aprendizaje no es tan sólido y cada vez les cuesta más trabajo hacer cosas que se dicen básicas.” Yo soy de la misma opinión. Creo que usar calculadora en Educación Primaria es como usar reglas de letras de molde (ver figura abajo) para aprender a escribir. Nadie puede aprender a escribir de esa manera. Lo que no quita que en Educación Secundaria sea muy recomendable que los alumnos aprendan a usar correctamente la calculadora y el ordenador.

Logran teletransportar el estado cuántico de cien millones de átomos de rubidio

Fuente: Francis (th)E mule
Trozo del esquema del experimento. Click para verlo ampliado y completo.
Físicos chinos han logrado teletransportar el estado (la información cuántica) de un conjunto de unos 100 millones de átomos de rubidio a otro conjunto similar en una distancia de 150 metros; para ello han utlizando fotones entrelazados enviados a través de una fibra óptica. Por supuesto, este experimento no tiene nada que ver con el teletransporte de objetos tipo Star Trek y similares. El logro de Xiao-Hui Bao y sus colegas podría tener aplicaciones en el campo de las redes de comunicación basadas en información cuántica, para el desarrollo de sistemas de enrutado (routers) que requieren almacenar el estado cuántico de un conjunto de cubits sin que haya una demolición previa de su estado. La tasa de éxito alcanzada en el nuevo artículo es de solo un 88%, por lo que todavía se esperan grandes mejoras en el futuro. Nos lo ha contado KFC, “First Teleportation from One Macroscopic Object to Another,” The Physics arXiv Blog, November 15, 2012, quien se hace eco del artículo técnico de Xiao-Hui Bao et al., “Quantum teleportation between remote atomic-ensemble quantum memories,” PNAS, Published online before print, Nov 9, 2012 [arXiv:1211.2892].

viernes, 23 de noviembre de 2012

El método científico, una herramienta maravillosa

Fuente: Naukas



Imagen de previsualización de YouTube
El tema de hoy me lo ha proporcionado un tuitero que me ha incluido un enlace con el desafiante título de ¿Qué demonios es la ciencia? Aunque proviene de un blog muy fuera de mi estilo (se llama “La revolución naturalista”), el provocador título del artículo no pudo menos que llamar mi atención. En él se menciona a Karl Popper y el llamado “problema de la demarcación” referente a la dificultad de definir los límites de eso que denominamos ciencia.
Para mí, que llevo bajo la sombra de la ciencia toda la vida (y no es exageración, mi padre era geólogo del CSIC), la ciencia es algo muy cercano. Tanto, que nunca he tenido problemas en saber qué es. Sin embargo, la ciencia goza de tan buena fama que muchos otros polizones intentan subirse a su tren, a menudo sin pagar billete. Y no me refiero tan sólo a las pseudociencias, que pululan por ahí en busca de reconocimiento y de las que hay mucho que hablar, sino a las “ciencias” de todo tipo que proliferan como setas últimamente. En mi propia Universidad, hay varias licenciaturas (bueno, pronto serán grados) que se denominan ciencias pero que no tienen nada que ver con la Facultad de Ciencias. Tenemos Ciencias de la Salud (Enfermería), Ciencias Económicas, Ciencias Políticas, Ciencias del Trabajo, Ciencias de la Educación, e incluso Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.
Y la duda se extiende a otros estudios más o menos científicos. ¿Es la psicología una ciencia? ¿La frenología? ¿La homeopatía? ¿La parapsicología y el ocultismo? ¿Es algo científico lo que intenta hacer Iker Jiménez en sus programas? Constantemente nos habla de mediciones, psicofonías, grabaciones y todo tipo de parloteo tipo Cazafantasmas. Incluso intenta imitar en ocasiones a Carl Sagan ¿o por qué creen que llama a su plató de televisión “la nave del misterio”?). Puede que sí que nos haga falta una demarcación, siquiera somera, de qué entendemos por ciencia.
Cuando comienzo el curso, yo describo la Ciencia como “una rama del saber.” Supongo que, a estas alturas, incluso mis alumnos menos brillantes tendrán una idea de lo diferencia la Ciencia de, digamos, el arte o la religión. Pero como acto seguido les hablo de la Física, les describo el elemento que, en mi opinión, diferencia la Ciencia de lo que no es Ciencia. Hablo del método científico.
En mi opinión, la Ciencia es una rama del saber caracterizada por el uso de un método de búsqueda de la verdad muy concreto y definido. Es ese método lo que marca toda la diferencia. El método científico puede expresarse de varias formas. Yo voy a sintetizarlo así: observación, experimentación, formulación, comunicación, verificación.
Estos pasos no siempre son secuenciales, sino que a menudo se solapan.
1) OBSERVACIÓN. Consiste en un examen crítico y atento de un fenómeno, tal cual se aparece ante nosotros. Una observación puede ser cualitativa (solamente fijarse en qué tenemos) o cuantitativa (es decir, midiendo cantidades). Podemos observar con los sentidos, o bien usar cualquier instrumento de análisis para abarcar lo que el ojo no ve (infrarrojos, ultravioleta, rayos X, ondas sísmicas, etc.).  Ese es el primer paso, y si todo va bien, no será el último.
2) EXPERIMENTACIÓN.  Este paso es una extensión del anterior.  Un experimento es una observación, o serie de observaciones realizadas bajo condiciones controladas por el experimentador.  No se trata de una observación pasiva, sino que en este caso el científico es el que pone las reglas.  La experimentación nos permite inferir qué variables son relevantes en el experimento, y qué variables no lo son.  Por ejemplo, ¿de qué depende el período de un péndulo?  Si usamos muchas cuerdas y muchos objetos atados, comprobaremos que depende de la longitud de la cuerda, pero no de la masa del objeto que cuelga.  Así, poco a poco, vamos estableciendo relaciones entre variables, lo que nos permitirá efectuar hipótesis (paso 3).
3) FORMULACIÓN. En este punto, la cosa se anima. Armados con los datos proporcionados por la observación y la experimentación, podemos pasar ahora a la fase de formulación, en la que creamos hipótesis y teorías para explicar los fenómenos observados, así como para poder efectuar predicciones.  Una hipótesis es un primer intento, una especie de “presunta ley científica”  Si posteriores experimentos la confirman, va afianzándose, denominándose entonces teoría.  Con el tiempo, si validez se ve confirmada y apoyada por nuevas predicciones, pasa a llamarse ley.
Al menos en teoría.  El problema es que los científicos, como personas que son, tienden a ser algo caóticos.  No es como en Derecho, donde un texto legal pasa de borrador a anteproyecto, luego a proyecto y después a ley.  En ocasiones, la Ciencia llama teoría a algo que es una ley, o viceversa.  La evolución de Darwin es un hecho científico bien establecido, pero nadie habla de la Ley de la Evolución.  ¿Por qué?  Pues porque siempre se la ha llamado teoría, y no nos vamos a poner a hacer cambios a estas alturas.  Es este un detalle que en ocasiones es mal entendido por la comunidad no científica, que confunde una teoría con una hipótesis. Ha sido aprovechado con éxito por los grupos creacionistas que niegan la evolución.  Si la evolución es una “teoría,” dicen, en las escuelas deberían también enseñarse las creencias creacionistas, que también son una teoría.  Lo mismo dicen sobre la teoría del cambio climático.  Una teoría es algo sólido, quizá no tanto como una ley, pero ciertamente más que una endeble hipótesis.

Pero nuestra taxonomía es un tanto caótica.  La “Teoría” de la Relatividad, comprobada hasta la saciedad, sustituyó hace tiempo la “Ley” de gravitación de Newton.  Hablamos genéricamente de Teoría Cuántica (que más bien debería ser una ley) y de Teoría de Cuerdas (que es más bien una hipótesis, o eso dice el zombi Feynman).  A la teoría más extendida sobre partículas elementales se le llama Modelo Estándar.   Personalmente, creo que la tendencia es a llamar Ley a una hipótesis concreta, contrastada y confirmada, y a denominar Teoría a un conjunto de leyes e hipótesis más o menos numerosas.
Un ejemplo divertido es el de la Óptica.  Podemos explicar fenómenos ópticos usando Teoría Corpuscular, o bien Teoría Ondulatoria.  Resulta que ninguna de ellas puede explicar todos los fenómenos ópticos, pero lo que explican, lo explican perfectamente bien.  Lo que sucede es que, según la (ejem) Teoría Cuántica, un fotón puede actuar como onda o como partícula, según sea el experimento que diseñemos. Así que la Teoría Ondulatoria nos explica la Ley de Malus, y la Teoría Corpuscular nos da la Ley de Snell.  ¿Que por qué no hablamos de Ley Corpuscular y Ley Ondulatoria?  Pues por lo mismo que les dije antes: inercia cansina.
(Por cierto, a la teoría óptica ondulatoria es costumbre llamarla Óptica Física, nombre que yo aborrezco.  Para mí, tan física es la Óptica Ondulatoria como la Corpuscular).
4) COMUNICACIÓN.  La Ciencia viene a ser como el viejo chiste: ¿de qué sirve acostarse con Elsa Pataki si no lo puedes contar?  Una vez has comprobado la validez de tu teoría, llega el momento de contárselo al mundo.  No se trata solamente de egolatría, aunque a todos nos gusta que se nos atribuya el mérito por nuestro trabajo.  No, es algo mucho más profundo.  En Ciencia, todo es válido mientras no se demuestre lo contrario.  Y la mejor manera de demostrarlo es en el laboratorio, con luz y taquígrafos en todos los rincones.  Cualquier teoría debe ser reproducible, de forma que un científico en el otro extremo del planeta, con los mismos instrumentos y las mismas instrucciones, pueda obtener los mismos resultados.  Y para eso hay que comunicar lo que uno obtiene, sea en forma de artículo científico, contribución a congreso o de otra forma.  Se pone todo encima de la mesa, se da un paso atrás y a esperar el veredicto de tus pares.
Eso es lo que da a la Ciencia una buena parte de su solidez.  Nada se cree porque sí, nada se impone por decreto.  Sí, seguro que usted podrá encontrar contraejemplos de lo que le digo.  Newton, como persona, parece que era un auténtico cabrón, y se pasó años combatiendo a quienes osaban cuestionar su Teoría Corpuscular de la luz.  Era una autoridad científica, y se salió con la suya durante un tiempo.  Pero, a la larga, el peso de la evidencia experimental hace imperativo descartar la teoría incorrecta y sustituirla por una mejor.  Los argumentos de autoridad valen lo que valen, y no más.
Incluso científicos honrados y con buenas intenciones pueden cometer errores, así que la comunidad científica en su conjunto es la encargada de validar, o refutar, sus resultados, en un proceso de autocorrección que nunca acaba.  ¿Creéis que la forma de trabajar en la Wikipedia, o en el mundo Linux, es novedosa? ¡Ja!  La ciencia descubrió el truco hace siglos.  No solamente eso, sino que comunicar las investigaciones propias permite a otros científicos avanzar en sus propias investigaciones.  En clase suelo poner el ejemplo de Henry Cavendish.  Este científico británico del siglo XVIII hubiera podido ser un precursor del electromagnetismo y la teoría de gases, adelantándose en décadas a hombres como Mawxell, Faraday o Dalton.  Pero era de personalidad retraída y asocial, y muchos de sus descubrimientos no fueron nunca publicados.  Sólo después de su muerte, cuando se encontraron sus cuadernos de notas, pudo el mundo conocer el total de su grandeza científica.  Una lástima para el mundo, que pudo haberse aprovechado bien de su mente y sus descubrimientos.  Aunque tranquilos, que al menos Cavendish no murió triste y pobre: cuando fue enterrado en la catedral de Derby, Inglaterra despedía a uno de sus más acaudalados súbditos.
5) VERIFICACIÓN.  Una vez establecida una teoría, hay que verificarla.  No se trata tan sólo de asegurarse que los experimentos ya realizados queden bien explicados, sino que también ha de poder explicar otros fenómenos.  Es decir, que nos permita hacer predicciones.  Estas comprobaciones pueden ser hechas tanto por el científico creador de la teoría como por otros científicos.  De hecho, lo mejor es que lo confirmen grupos de investigadores de otros laboratorios.
Un ejemplo interesante es el de las ondas gravitacionales.  Predichas por la teoría de la relatividad de Einstein, fueron aparentemente detectadas por vez primera en los años 60, de la mano de James Weber.  El problema es que, desde entonces, nadie ha podido volver a detectarlas, a pesar de que los instrumentos recientes son mucho más sensibles.  ¿Mintió Weber y falsificó resultados?  No parece el caso.  ¿Se equivocó y realizó un experimento fallido?  Es posible.  Pero, puesto que tenemos una teoría capaz de explicar las ondas gravitacionales, se están preparando nuevos y muy costosos experimentos para verificarla o refutarla (pueden leer más detalles en este artículo).  Sólo así sabremos si Weber fue un precursor que tuvo la suerte de detectar una onda gravitacional inusitadamente grande, o si sencillamente se equivocó.
Otro ejemplo: la fusión fría.  En la década de los 80, los investigadores Stanley Pons y Martin Fleischmann afirmaron haber obtenido fusión nuclear a temperatura ambiente, mediante una celda electrolítica.  Su descubrimiento fue revolucionario, y ya pueden imaginarse por qué: ¡nada menos que un bote con agua, deuterio y un catalizador, y ya tenemos energía barata e inagotable! Este cliché llegó hasta el cine, con la película El Santo (1997), donde una científica rusa y un pícaro ladrón logran salvar a Rusia del abismo gracias a la fusión fría.  Por desgracia, la verificación experimental de otros equipos fue negativa, nadie fue capaz de reproducir esos resultados. ¿Fraude?  Había miles de millones en juego, y los investigadores parecían más interesados en obtener patentes que en hacer trabajo científico serie.  Sin embargo, no serían tan tontos como para creer que nadie verificaría sus resultados.  En la actualidad, se cree que Pons y Fleischmann pudieron haberse equivocado en sus mediciones, lo que les hizo creer erróneamente que había un exceso de energía de origen nuclear.
Así que ya saben, amigos.  Si tienen alguna duda sobre la validez científica de cualquier área del saber, rama o pseudociencia que pretenda acceder al manto de respetabilidad que otorga la ciencia, hágase las preguntas del método científico:
  • ¿Hay observaciones fiables?
  • ¿Se realizan experimentos en condiciones controladas y reproducibles?
  • ¿Hay alguna teoría, hipótesis o conjetura que permita explicar los fenómenos observados y experimentados?
  • ¿Se comunican dichas teorías y experimentos de forma abierta y fiable?
  • ¿Se ha verificado de forma rigurosa e independiente?
Si no es así, no compre la moto. Seguro que tiene truco.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Crear un pendrive iniciable (boot ) con una .iso de una distro

Fuente: Hatteras's blog Linux

Con los métodos que se indican  he logrado hacer un pendrive iniciable ( bootable ) con una imagen .iso de alguna distro de Linux, para poder instalarla o probarla en un pc que no tenga lector de cd/dvd, pero si opción de iniciar el sistema desde un pendrive. Y aunque nuestro pc si que tenga lector de cd/dvd sigue siendo un método útil para probar una distro sin tener que grabar la .iso en un cd/dvd, lo que nos ahorra dinero: si nos gusta mucho la distro, la podemos instalar en el disco duro, que no nos gusta, la borramos del pendrive e instalamos otra, sin haber gastado dinero en un cd/dvd.  Al ejecutar estos programas, en el pendrive se eliminan todos los archivos y directorios que pudieran tener previamente.
Todos los métodos/programas que indico se tienen que usar con permisos de root, y el pendrive debe de estar previamente formateado en fat32.
- Unetbootin : Lo primero es ir a la página del programa*:  http://unetbootin.sourceforge.net/ y desde Aquí bajarse el archivo unetbootin-linux-502.bin, al que hay que seleccionarlo y desde Preferencias-Permisos, hay que añadirle permisos de ejecución, y luego hacer doble clisk en él para que se instale y ejecute ( aparecerá una nueva entrada en el Menú de aplicaciones-Herramientas del sistema-Unetbootin ) tras lo cual tras pedirnos la contraseña de root, se abre la ventana de Configuración.
Se debe ejecutar con: gksu unetbootin. Aparece la ventana del programa, en la que hay que configurar los puntos de forma similar a la imagen.
Si usamos este programa, pero en vez de configurar los puntos como se indica, en Tipo ponemos disco duro y en Unidad ponemos la partición / , lo que haremos será añadir una entrada al Grub2 desde la que también podremos probar la .iso de la distro que elijamos (Probando una distro desde el menú del Grub2 con Unetbootin ) .
*Desde esa misma página se puede bajar la versión de Unetbootin para Windows, para desde este sistema operativo crear un pendrive iniciable con una .iso de Linux, para iniciar el pc desde el pendrive e instalar en el disco duro la distro de Linux que hayamos elegido, y o bien decir adiso definitivo a Windows, o bien hacer que convivan en el mismo pc los dos sistemas operativos.
- Creador de disco de arranque:  El  paquete que hay que instalar y el comando ejecutable es usb-creator-gtk , por lo que se debe ejecutar con: gksu usb-creator-gtk
Este programa permite hacer dos cosas que no permiten los otros programas: borrar un disco (pendrive ), y  crear un espacio de almacenado adicional para almacenar datos, lo cual permite que las modificaciones que hagamos en la distro ( añadir o quitar programas, modificar configuraciones del sistema, o guardar archivos no muy grandes ) se guarden y las tengamos de nuevo disponibles cuando volvamos a iniciar la distro desde el pendrive, por lo que permite probar mejor la distro .Es, por ello, mi programa favorito.
- Con la terminal: sudo dd if=/nombre-de-la.iso of=/dev/sdb ( por ejemplo: sudo dd if=/linuxmint-13-cinnamon-dvd-64bit.iso of=/dev/sdb , teniendo la .iso en el directorio raiz y siendo la partición del pendrive /dev/sdb: para saber el dispositivo en que esta montado el pendrive hay que ejecutar el comando sudo fdisk -l con el pendrive conectado y montado)
Al ejecutar el comando, te pide que pongas la contraseña, y tras un tiempo en el que parece que no pasa nada ya que no aparece nada en la terminal aparece lo siguiente:
usuario@mint ~ $ sudo dd if=/linuxmint-13-cinnamon-dvd-64bit.iso of=/dev/sdb
[sudo] password for usuario:
1640448+0 registros leídos
1640448+0 registros escritos
839909376 bytes (840 MB) copiados, 171,82 s, 4,9 MB/s
usuario@mint ~ $
tras lo cual ya se puede cerrar la terminal, y se habrá creado el pendrive iniciable.
- Imagewriter: Ejecutado con permisos de root: gksu imagewriter, crea también un pendrive iniciable, eligiendo la .iso y el disco duro correspondiente al pendrive, por medio de la ejecución del comando: sudo dd if=/nombre-de-la-.iso of=/dev/sdb .Es por tanto un programa gráfico que ejecuta el comando indicado anteriormente con la terminal.
Si al ejecutar este programa no tenemos un pendrive conectado al pc, nos sale un mensaje advirtiendo este error, y no se abre el programa.
————————————————–
Una vez tengamos creado el pendrive iniciable apagamos el pc, y lo volvemos a encender, pasando previamente por la bios para seleccionar el pendrive como primera opción de inicio, o tecleando alguna de tecla especifica ( en mi caso f12 en el pc portátil y f8 en el pc fijo ) que permite seleccionar entre las opciones de inicio tenga el pc  ( En mi caso, en vez de elegir la opción “removable”, que inicia desde el livecd, hay que elegir la opción “hdd” que a su vez permite elegir entre iniciar desde el disco duro o desde el pendrive,  ) , tras lo cual se inicia la distro correspondiente a la imagen .iso que hayamos elegido al crear el pendrive iniciable.
————————————————-

viernes, 16 de noviembre de 2012

Diez sencillas reglas para…

Fuente: Las penas del agente Smith
Muchos de estos artículos dan normas quizá excesivamente básicas, pero son un buen punto de partida para todos aquellos que se enfrenten por primera vez a estos problemas (o por enésima vez y hayan decidido pararse a pensar un poco antes de acometer la próxima tarea).

¿Por qué explorar el espacio? – Carta traducida de la original de Ernst Stuhlinger


Fuente: Naukas

En 1970, una monja radicada en Zambia y llamada Hermana Mary Jucunda escribió al doctor Ernst Stuhlinger, entonces director asociado de ciencia en el Centro de Vuelos Espaciales Marshall de la NASA, en respuesta a sus investigaciones sobre una misión tripulada a Marte.  Concretamente, preguntó cómo podía sugerir que se gastasen miles de millones de dólares en un proyecto así en un tiempo en el que tantos niños morían de hambre en la Tierra.
Stuhlinger envió a la Hermana Jucunda la siguiente carta de explicación junto con una copia de Earthrise, la fotografía-icono de la Tierra tomada en 1968 por el astronauta William Anders desde la luna (también incluida en esta carta).  Su estudiada respuesta fue más tarde publicada por la NASA bajo el título de “¿Por qué explorar el Espacio?”
6 de mayo de 1970
(Fuente original: Roger Launius, via Gavin Williams; Fotografía: superficie de Marte, tomada por la Curiosity el 6 de agosto de 2012, via NASA) Carta original en inglés de Ernst Stuhlinger

Estimada Hermana Mary Jucunda,
Su carta ha sido una de tantas que me llegan cada día, pero me ha conmovido más profundamente que todas las demás porque viene de una mente inquieta y un corazón compasivo. Intentaré responder a su pregunta lo mejor que pueda.
Primero, sin embargo, me gustaría expresarle la gran admiración que siento por usted y por sus valientes hermanas, porque están ustedes dedicando sus vidas a la más noble causa del hombre: ayudar a sus semejantes necesitados.
Pregunta en su carta cómo puedo sugerir que se gasten miles de millones de dólares en un viaje a Marte, en un momento en el que muchos niños mueren de hambre en la Tierra.
Sé que no espera usted una respuesta como “¡Oh, no sabía que había niños muriéndose de hambre, pero desde ahora dejaremos de explorar el espacio hasta que la humanidad haya resuelto ese problema!” En realidad, sé de la existencia de niños hambrientos mucho antes de saber que un viaje al planeta Marte es técnicamente posible. Sin embargo, como muchos otros, creo que viajar a la Luna, y luego a Marte y otros planetas, es una aventura que debemos emprender ahora, e incluso creo que ese proyecto, a la larga, contribuirá más a la solución de esos graves problemas que tenemos aquí en la Tierra que muchos otros potenciales proyectos de ayuda que se están debatiendo y discutiendo año tras año, y que son tan lentos a la hora de proporcionar ayuda tangible.
Antes de intentar describir en más detalle cómo nuestro programa espacial contribuye a la solución de nuestros problemas en la Tierra, me gustaría relatarle brevemente una supuesta historia real. Hace 400 años, vivía un conde en una pequeña aldea de Alemania. Era uno de los condes benignos, y daba gran parte de sus ingresos a los pobres de su aldea. Eso era muy de agradecer porque la pobreza abundaba en los tiempos medievales y había epidemias de plaga que asolaban con frecuencia el campo. Un día, el conde conoció a un extraño hombre. Tenía una mesa de trabajo y un pequeño laboratorio en su casa, y trabajaba duro durante el día para poder permitirse algunas horas de trabajo en su laboratorio por las noches. Tenía lentes pequeñas hechas de trozos de vidrio; montaba las lentes en tubos y usaba esos aparatos para mirar objetos muy pequeños. El conde estaba particularmente fascinado por las minúsculas criaturas que podían observarse con grandes aumentos, y que nunca antes habían sido vistos. Invitó al hombre a mudar su laboratorio al castillo, a convertirse en un miembro de su casa y a dedicar desde entonces todo su tiempo al desarrollo y perfeccionamiento de sus aparatos ópticos como empleado especial del conde.
Los aldeanos, sin embargo, se enfadaron cuando se dieron cuenta de que el conde estaba desperdiciando su dinero en lo que ellos consideraban una payasada sin sentido. “¡Sufrimos por la plaga,” decían, “mientras le paga a ese hombre por un hobby sin utilidad!” Pero el conde permaneció firme. “Os doy tanto como puedo,” dijo, “pero también apoyaré a este hombre y a su trabajo, porque creo que un día algo útil saldrá de ello.”
Realmente, salieron cosas muy útiles de ese trabajo, y también de trabajos similares hechos por otros en otros lugares: el microscopio. Es bien sabido que el microscopio ha contribuido más que cualquier otro invento al progreso de la medicina, y que la eliminación de la plaga y de muchas otras enfermedades contagiosas en todo el mundo es en buena parte el resultado de los estudios que el microscopio hizo posibles.
El conde, al reservar algo de su dinero para investigación y descubrimiento contribuyó mucho más al alivio del sufrimiento humano que lo que hubiera conseguido dando a su comunidad asolada por la plaga todo lo que pudiera ahorrar.
La situación que afrontamos hoy es similar en muchos aspectos. El Presidente de los Estados Unidos gasta unos 200.000 millones de dólares en su presupuesto anual. Ese dinero va a sanidad, educación, servicios sociales, renovación urbana, autopistas, transportes, ayuda al exterior, defensa, conservación, ciencia, agricultura y muchas instalaciones dentro y fuera del país. Aproximadamente el 1,6% de este presupuesto nacional se destina este año a la exploración espacial. El programa espacial incluye el Proyecto Apolo y muchos otros proyectos más pequeños en física espacial, astronomía espacial, biología espacial, proyectos planetarios, proyectos de recursos de la Tierra e ingeniería espacial. Para hacer posible este gasto en el programa espacial, el contribuyente norteamericano medio con ingresos de 10.000 dólares paga unos 30 dólares de sus impuestos para el espacio. El resto de sus ingresos, 9.970 dólares, queda para su subsistencia, recreo, ahorros, otros impuestos, y todos sus demás gastos.
Probablemente usted se preguntará: “¿por qué no coge 5, o 3, o 1 dólar de esos 30 dólares para el espacio que el contribuyente norteamericano medio está pagando, y envía esos dólares a los niños hambrientos?” Para responder a esa cuestión, tengo que explicarle brevemente cómo funciona la economía de este país. La situación es muy similar en otros países. El gobierno consiste en un número de departamentos [ministerios] (Interior, Justicia, Sanidad, Educación y Servicios Sociales, Transporte, Defensa y otros), y las oficinas [bureaus] (Fundación Nacional para la Ciencia, Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio, y otras). Todos ellas preparan sus presupuestos anuales según sus misiones asignadas, y cada una de ellos defiende su presupuesto frente a una supervisión extremadamente severa por parte de las comisiones del Congreso, y frente a una fuerte presión de ahorro por parte de la Oficina Presupuestaria y del Presidente. Cuando los fondos son finalmente asignados por el Congreso, solamente pueden gastarse en las partidas presupuestarias especificadas y aprobadas en su presupuesto.
El presupuesto de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio, por supuesto, solamente puede contener partidas directamente relacionada a la aeronáutica y al espacio. Si ese presupuesto no fuese aprobado por el Congreso, los fondos propuestos no estarían disponibles para nadie más; sencillamente no serían gravados al contribuyente, a menos que alguno de los otros presupuesto hubiese obtenido la aprobación para un aumento específico, que entonces absorberían los fondos no gastados en el espacio. Se dará usted cuenta, a partir de este breve discurso, que el apoyo a los niños hambrientos, o más bien un apoyo adicional a lo que los Estados Unidos ya está contribuyendo para esa misma noble causa en la forma de ayuda al exterior, solamente puede obtenerse si el departamento apropiado solicita una asignación para este fin, y si esa asignación es aprobada por el Congreso.
Puede usted preguntarse si yo, personalmente, estaría a favor de una acción así por parte de nuestro gobierno. Mi respuesta es un rotundo sí. De hecho, no me importaría en absoluto si mis impuestos anuales fuesen aumentados un cierto número de dólares con el fin de alimentar niños hambrientos dondequiera que vivan.
Sé que todos mis amigos sienten lo mismo. No obstante, no podemos llevar a cabo un programa así simplemente desistiendo de nuestros planes de viajar a Marte. Al contrario, creo incluso que al trabajar para el programa espacial puedo hacer alguna contribución al alivio y eventual solución de problemas tan graves como la pobreza y el hambre en la Tierra. En el problema del hambre hay dos funciones básicas: la producción de comida y su distribución. La producción de alimentos por medio de agricultura, ganadería, pesca y otras operaciones a gran escala es eficiente en algunas partes del mundo, pero drásticamente deficiente en muchas otras partes. Por ejemplo, podrían utilizarse mucho mejor grandes extensiones de terreno si se aplicasen métodos eficientes de control de cuencas fluviales, uso de fertilizantes, pronósticos meteorológicos, evaluación de fertilidad, programación de plantaciones, selección de campo, hábitos de plantación, cadencia de cultivos, inspección de cosecha y planificación de recolecciones.
La mejor herramienta para mejorar todas esas funciones, sin duda, es el satélite artificial en órbita terrestre. Dando vueltas al mundo a gran altitud, puede explorar grandes zonas de terreno en poco tiempo; puede observar y medir una gran variedad de factores que indican el estado y las condición de cosechas, suelo, sequías, precipitaciones, nieve, etc, y puede enviar esta información por radio a las estaciones de tierra para su buen uso. Se ha estimado que incluso un sistema modesto de satélites terrestres equipados con sensores, trabajando en un programa de mejora agrícola a escala mundial, aumentaría el tamaño de las cosechas en el equivalente de muchos miles de millones de dólares.
La distribución de alimentos a los necesitados es un problema completamente diferente. La cuestión no es tanto de volumen de transporte como de cooperación internacional. El gobernante de un país pequeño puede sentirse incómodo ante la perspectiva de recibir grandes envíos de alimentos provenientes de un país grande, sencillamente porque tema que junto con los alimentos esté importando influencia y poder extranjeros. Me temo que un alivio eficiente del hambre no llegará a menos que las fronteras nacionales sean menos divisorias de lo que son hoy. No creo que el vuelo espacial consiga el milagro de la noche a la mañana. Sin embargo, el programa espacial se encuentra entre los agentes más poderosos y prometedores que trabajan en esa dirección.
Permítame tan sólo recordarle la reciente casi tragedia del Apolo 13. Cuando llegó el crucial momento de la reentrada de los astronautas, la Unión Soviética cortó todas las transmisiones rusas en las bandas de frecuencia usadas por el Proyecto Apolo para evitar cualquier interferencia, y los buques rusos se desplegaron en los Océanos Atlántico y Pacífico en caso de que se hiciese necesario un resca te de emergencia. Si la cápsula hubiera caído cerca de un buque ruso, los rusos sin duran habrían dedicado todos los esfuerzos necesarios para su rescate, como si fuesen cosmonautas rusos los que hubieran regresado del espacio. Si los viajeros rusos se encuentran alguna vez en una situación de emergencia similar, los norteamericanos harán lo mismo sin dudarlo.
Más alimentos gracias a estudios y valoraciones desde la órbita, y mejor distribución de alimentos gracias a la mejora en las relaciones internacionales, son tan sólo dos ejemplos de la profundidad con que el programa espacial hace mella en la vida sobre la Tierra. Me gustaría citar otros dos ejemplos: la estimulación del desarrollo tecnológico y la generación de conocimiento científico.
Los requisitos que deben imponerse a los componentes de una nave espacial que viaja a la Luna, en cuanto a alta precisión y fiabilidad extrema, no tienen precedentes en la historia de la ingeniería. El desarrollo de sistemas que cumplan esos severos requisitos nos ha proporcionado una oportunidad única para encontrar nuevos materiales y procesos, para inventar mejores sistemas técnicos, para procesos de fabricación, para alargar la vida de los instrumentos e incluso para descubrir nuevas leyes de la naturaleza.
Todo este conocimiento técnico recién adquirido también está disponible para su aplicación a tecnologías terrestres. Cada año, alrededor de mil innovaciones técnicas generadas en el programa espacial se abren camino a las tecnología terrestres, donde producen mejores electrodomésticos y equipos agrícolas, mejores máquinas de coser y radios, mejores barcos y aviones, mejores pronósticos del tiempo y avisos de tormentas, mejores comunicaciones, mejores instrumentos, mejores utensilios y herramientas para la vida diaria. Supuestamente, usted preguntará ahora por qué debemos desarrollar un sistema de soporte vital para nuestros viajeros lunares antes de que podamos construir un sistema sensor remoto para los pacientes del corazón. La respuesta es sencilla: los progresos significativos para la solución de los problemas técnicos se hacen con frecuencia no mediante una aproximación directa, sino estableciendo primero un objetivo desafiante que nos ofrece una fuerte motivación para el trabajo innovador, lo que dispara la imaginación y espolea a los hombres para que se esfuercen al máximo, y actúa como catalizador al inducir cadenas de otras reacciones.
El vuelo espacial cumple exactamente este papel. El viaje a Marte no será, ciertamente, una fuente directa de alimentos para los hambrientos. No obstante, conducirá a tantos nuevos procesos tecnológicos que los subproductos de este proyecto, por sí solos, valdrán muchas veces más que el coste de su implementación.
En adición a la necesidad de nuevos procesos tecnológicos, hay una necesidad creciente de conocimientos básicos de ciencias si queremos mejorar las condiciones de la vida humana sobre la Tierra. Necesitamos más conocimientos en física y química, en biología y fisiología, y muy particularmente en medicina para hacer frente a los problemas que amenazan la vida del hombre: hambre, enfermedades, contaminación de la comida y del agua, polución del medio ambiente.
Necesitamos que más jóvenes, hombres y mujeres, escojan ciencia como su profesión, y necesitamos más apoyo para esos científicos que tienen el talento y la determinación para enzarzarse en un trabajo científico fructífero. Deben tener a mano objetivos de investigación que supongan un desafío, y hay que proporcionarles suficiente apoyo para proyectos de investigación. De nuevo, el programa espacial, con sus maravillosas oportunidades para llevar a cabo estudios de investigación realmente magníficos en lunas y planetas, en física y astronomía, en biología y medicina, constituye un catalizador casi ideal que induce la reacción entre la motivación del trabajo científico, las oportunidades para observar fenómenos naturales excitantes y el apoyo material necesario para llevar a cabo el esfuerzo de investigación.
Entre todas las actividades dirigidas, controladas y financiadas por el gobierno norteamericano, el programa espacial es ciertamente la actividad más visible y probablemente la más debatida, aunque solamente consume el 1,6% del presupuesto, y es el 3 por mil (menos de un tercio de un uno por ciento) del producto interior bruto. No hay ninguna otra actividad equivalente en términos de estimulador y catalizador para el desarrollo de nuevas tecnologías e investigación en ciencias básicas. Podemos incluso decir al respecto que el programa espacial está asumiendo una función que, durante tres o cuatro mil años, ha sido la triste prerrogativa de la guerra.
¡Cuánto sufrimiento humano puede evitarse si las naciones, en lugar de competir con sus flotas de bombarderos y cohetes, compitiesen con sus naves espaciales para viajar a la Luna! Esta competición está llena de promesas de victorias brillantes, pero no deja espacio para la amargura de los vencidos que no conduce más que a la venganza y a nuevas guerras.
Aunque nuestro programa especial parece llevarnos lejos de la Tierra hacia la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas, creo que ninguno de esos objetos celestes recibirá tanta atención y estudio por parte de los científicos espaciales como nuestra Tierra. Se convertirá en una Tierra mejor, no sólo por todo el nuevo conocimiento técnico y científico que usaremos para la mejora de la vida, sino también porque estamos desarrollando un aprecio más profundo hacia nuestra Tierra, hacia la vida y hacia el hombre.

La fotografía que le incluyo con esta carta muestra una vista de nuestra Tierra desde el Apolo 8 cuando estaba en órbita lunar en las navidades de 1968. De los muchos y maravillosos resultados del programa espacial hasta la fecha, esta imagen puede que sea la más importante. Abrió nuestros ojos al hecho de que nuestra Tierra es una hermosa y preciada isla en un vacío sin límites, y que no hay otro lugar en el que podemos vivir que la delgada capa superficial de nuestro planeta, bordeada por la desolada nada del espacio. Nunca antes reconoció tanta gente lo limitada que nuestra Tierra es en realidad, y lo peligroso que sería entrometerse en su balance ecológico. Desde que esta fotografía fue publicada, aumentan más y más las voces que avisan de los graves problemas con que se enfrente el hombre en nuestros tiempos: contaminación, hambre, pobreza, vida urbana, producción de alimentos, control de agua, superpoblación. No es casualidad que comencemos a ver la tremenda tarea que nos espera justo en el momento en que el joven programa espacial nos proporciona la primera buena mirada a nuestro propio planeta.
Por fortuna, la era espacial no sólo sujeta un espejo en el que podemos vernos a nosotros mismos, sino que también nos proporciona la tecnología, el desafío, la motivación e incluso el optimismo para atacar estas tareas con confianza. Lo que aprendemos en el programa espacial, creo, apoya del todo lo que Albert Schweitzer tenía en mente cuando dijo: “Miro al futuro no con preocupación sino con esperanza.”
Mis mejores deseos estarán siempre con usted y con sus niños.
Muy sinceramente suyo,
Ernst Stuhlinger