Había una vez, en el reino de Lancre (o uno muy parecido, pero con menos brujas y más problemas de fontanería), una doncella llamada Elowen que no era doncella en absoluto, sino una hechicera de segunda categoría con un talento especial para convertir sapos en princesas y viceversa, dependiendo de lo mucho que hubiera bebido esa noche.
Elowen vivía en una torre que se inclinaba peligrosamente hacia el lado equivocado, como si el arquitecto hubiera estado leyendo demasiada poesía romántica mientras calculaba los ángulos. Esa tarde, el destino (o más probablemente un duende borracho con sentido del humor) decidió que era el momento perfecto para que apareciera Sir Reginald el Intrépido, caballero de reluciente armadura que, por desgracia, relucía tanto que atraía a todas las polillas del condado.
—Mi señora —dijo Reginald, quitándose el yelmo con un gesto que pretendía ser galante pero que solo consiguió que se le quedara el pelo de punta como un puercoespín electrocutado—. He venido a rescataros de vuestra soledad.
Elowen, que en ese momento estaba intentando que su caldero dejara de cantar ópera italiana, levantó una ceja.
—¿Rescatarme? Querido, la única cosa de la que necesito rescate es de los impuestos del rey y de mi propio sentido común. Pero pasa, pasa. El té está casi listo. O el veneno. Depende de cómo salga hoy.
Reginald entró, tropezando con el umbral porque las armaduras no están diseñadas para sutilezas arquitectónicas, y se sentó en la única silla que no tenía patas mordisqueadas por ratones filosóficos.
El aire se cargó de algo. Probablemente magia residual, o tal vez solo el olor a sopa quemada. Elowen lo miró. Él la miró. Hubo un silencio incómodo, de esos que en las malas novelas románticas se llenan con “deseo palpitante”, pero aquí solo se llenó con el sonido lejano de una vaca que se había perdido y mugía con existencialismo bovino.
—Eres… hermosa —dijo Reginald, intentando sonar como un héroe de balada.
—Gracias. Tú eres… metálico —respondió Elowen, sirviendo dos tazas de algo que humeaba sospechosamente.
Entonces ocurrió. La famosa “chispa”. O, más bien, la chispa literal: una de las polillas que perseguían la armadura de Reginald aterrizó en una vela y provocó un pequeño incendio en la cortina. Elowen apagó las llamas con un hechizo rápido que, por accidente, también hizo que la armadura de Reginald se volviera temporalmente transparente.
Durante tres segundos eternos, ambos se quedaron mirando.
Reginald carraspeó.
—Esto… no es lo que parece.
—Parece que llevas calzoncillos con estampado de patitos —observó Elowen, conteniendo la risa—. Muy heroicos, sí.
—Son de mi madre —murmuró él, rojo como un tomate que ha descubierto el existencialismo—. Protegen contra… eh… maldiciones.
—Claro. Y yo soy la Reina de las Hadas.
El hechizo se disipó. La armadura volvió a ser opaca, pero el momento ya estaba roto, o más bien, había mutado en algo extrañamente tierno y ridículo a la vez.
Elowen se acercó, no con la lentitud seductora de las novelas baratas, sino con el paso práctico de quien ha decidido que, ya que el universo insiste en ser absurdo, más vale unirse a la broma.
—Sabes —dijo, sentándose en su regazo con la gracia de una gata que ha bebido demasiado vino—, en las historias decentes, aquí es donde nos besamos apasionadamente y olvidamos el mundo.
— ¿Y en las historias buenas? —preguntó Reginald, rodeándola con brazos que todavía olían a aceite de armadura y a vergüenza reciente.
—En las buenas, nos reímos primero. Luego nos besamos. Y después discutimos sobre si los patitos son un fetiche o una estrategia defensiva.
Se rieron. Fue una risa torpe, sincera, de esas que hacen que las torres inclinadas parezcan menos inclinadas y los calderos dejen de cantar arias trágicas.
El beso llegó después, torcido al principio, como todo en esa torre. Sabía a té quemado, a magia barata y a la deliciosa certeza de que, aunque el mundo fuera un chiste cósmico, al menos ese chiste lo estaban contando juntos.
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