domingo, 19 de abril de 2026

El móvil

 En la aduana del aeropuerto de Barajas, el oficial López ya llevaba tres horas de turno y la paciencia le colgaba de un hilo más fino que el cinturón de seguridad de un pasajero nervioso. Delante de él estaba Carlos Mendoza, un tipo de cuarenta y pocos, con cara de “solo quiero llegar a casa y dormir”, maleta rodante y un teléfono en la mano que parecía sacado de una película de ciencia ficción.

—Desbloquee el aparato, por favor —ordenó López con el tono oficial de siempre.

Carlos obedeció al instante. Miró la pantalla, el teléfono reconoció su cara y se abrió como una flor.  
—Listo —dijo, y se lo tendió.

López lo tomó. En cuanto sus dedos rozaron el cristal, la pantalla se puso negra y apareció el mensaje:  
**«Solo el propietario autorizado. Buen intento.»**

López parpadeó. Volvió a mirar a Carlos.  
—¿Qué coño es esto?

—Mi sistema de seguridad personal —explicó Carlos, rascándose la nuca con gesto de disculpa—. Se llama “Dueño Único”. Detecta mi pulso, mi temperatura corporal y mi mirada. Si nota que yo no estoy sosteniéndolo o mirándolo, se bloquea en menos de medio segundo. Es más celoso que mi ex.

López probó de nuevo. Carlos desbloqueó. López agarró. Bloqueo.  
Tercera vez. Cuarta. La cola detrás de Carlos empezaba a murmurar.

—Está bien, déjelo desbloqueado y póngalo en la mesa —gruñó López.

Carlos lo hizo. El teléfono se apagó antes de tocar la superficie.  
—Detecta que no estoy cerca —dijo Carlos—. Lo siento, oficial.

López ya sudaba.  
—Ponga su dedo encima mientras yo reviso.

Carlos apoyó el índice. López intentó deslizar. El teléfono vibró y soltó una voz robótica con tono sarcástico:  
—**«Error. Usuario no autorizado. ¿Quieres que llame a la policía de verdad?»**

Ahora sí, López estaba rojo.  
—¡Esto es un cachondeo! ¡Deme el código PIN!

—No tiene PIN —explicó Carlos—. Es biométrico + IA. El fabricante dice que ni la NSA puede abrirlo sin mí. Yo cumplo, ¿eh? Lo desbloqueo cada vez que me lo pide.

—Pues entonces quédese aquí y ábralo usted mismo mientras yo miro —propuso López, ya desesperado.

Carlos se sentó en el taburete de plástico. Desbloqueó. El oficial se pegó a su espalda como un loro en el hombro de un pirata.  
—Abra el WhatsApp.  
Carlos abrió.  
—Ahora las fotos.  
Carlos deslizó.  
—Los correos.  
Carlos obedeció.

Cada vez que López intentaba tocar la pantalla para hacer scroll más rápido, el teléfono emitía un pitido agudo y la voz decía:  
—**«Manos fuera, amigo. Solo el dueño.»**

A los diez minutos, López estaba a punto de tirarse del pelo.  
—¡Esto es ridículo! ¿Y si lo apago?

—Se reinicia con bloqueo de fábrica y tarda cuarenta y ocho horas en volver a confiar en mí —contestó Carlos—. Además, me avisa al correo si alguien intenta forzarlo. Ya me pasó en Dubái. Casi me detienen a mí por “sospechoso de terrorismo tecnológico”.

López miró la cola, que ahora era un embotellamiento de cincuenta personas. Miró el teléfono, que parecía mirarlo a él con superioridad. Miró a Carlos, que seguía colaborando con cara de “yo no tengo la culpa, es el móvil el que es gilipollas”.

—Está bien —suspiró López, derrotado—. Usted se queda aquí sentado, abre lo que yo le diga y me lo enseña. Sin tocarlo yo. Y rápido, que hay gente esperando.

Carlos sonrió con cansancio.  
—Entendido. ¿Empezamos por el álbum “Vacaciones 2025”? Tiene muchas fotos de paella, por si le interesa.

López soltó una carcajada seca, mitad risa, mitad llanto.  
—Venga, paella y todo. Pero como el teléfono me vuelva a llamar “amigo” con ese tonito, le juro que lo tiro por la ventana.

El teléfono, como si lo hubiera oído, vibró una sola vez y mostró en pantalla:  
**«Tranquilo, oficial. Solo cumplo órdenes.»**

Carlos se encogió de hombros.  
—Ya ve. Es más listo que nosotros dos juntos.

López se pasó la mano por la cara, resignado.  
—Pues nada… bienvenido a España. Y dígale a su teléfono que la próxima vez finja ser tonto, ¿vale?

Carlos desbloqueó de nuevo.  
—Se lo digo, pero no promete nada.

Y mientras la cola avanzaba por fin, el oficial López, el pasajero Carlos y el teléfono “Dueño Único” llegaron a un pacto absurdo: el humano obedecía, el aparato solo obedecía al humano, y la aduana… bueno, la aduana aprendió que a veces la ley de seguridad aeroportuaria se la gana un móvil con complejo de dios.

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