lunes, 2 de febrero de 2026

El Encuentro: Silencio, Vinilo y Ectoplasma



PRÓLOGO: El Protocolo de Transferencia

La Biblioteca Deichman olía a conocimiento estático y a papel enfriándose. Daniel buscaba una referencia sobre el colapso de la Edad de Bronce cuando la temperatura bajó cuatro grados exactos.

No fue un escalofrío. Fue la sensación de que el aire se volvía denso. Procesado.

— Estás buscando en el estrato equivocado, Daniel.

La voz no proyectaba sonido; vibraba directamente en el aire. Daniel se giró. Alejandro estaba allí, con un traje gris sin una sola arruga y una simetría facial que resultaba perturbadora. Sus ojos no parpadeaban al ritmo humano.

— Los imperios no caen por el hierro —continuó Alejandro—. Caen porque su sistema operativo agota la memoria. Se quedan sin espacio para gestionar la ambición.

Daniel apretó el libro contra su pecho, retrocediendo un paso. — ¿Quién es usted?

— Soy un arquitecto de lo que vienes a llamar "historia" —Alejandro se acercó. Sus pasos no hacían ruido sobre el parqué—. Te he elegido por tu redundancia, Daniel. Eres un Segundo Hijo.

Alejandro hizo una pausa, dejando que la palabra pesara en el silencio de la biblioteca.

— En la lógica de mi pueblo, eres una unidad de respaldo. No heredas el mundo. Por eso, eres el único con permiso para imaginar uno nuevo.

El Atlante extendió una mano. Sostenía un fragmento de obsidiana con circuitos de luz líquida.

— Mi gente creó algoritmos para gestionar la probabilidad. Vosotros las llamáis "hadas". Es una metáfora primitiva, pero sirve. Ahora mismo, mis hermanos las están reclamando para formatear este planeta.

Alejandro dejó el fragmento sobre la mesa. La sombra del hombre empezó a desprenderse de sus pies, deslizándose como una mancha de petróleo hasta Daniel.

— Se llama Cisne Negro. Es una unidad de sigilo y ética. Se está degradando. Si no la aceptas, los "Hombres de Gris" la capturarán. La convertirán en una esclava de caja negra para calcular trayectorias de misiles.

Daniel miró la sombra. Dos puntos de luz blanca se abrieron en el rostro de la figura.

— Ella necesita tu entropía, Daniel. Tu capacidad de dudar. De leer ficción. De creer en lo imposible. A cambio, ella te permitirá ver el mundo tal como es: un andamio de datos que puede ser modificado.

— ¿Qué tengo que hacer? —susurró Daniel.

— Acepta el Contrato de Familiar. Di su nombre y dale acceso a tu lóbulo parietal. Es una licencia de usuario compartido. Nada más.

Daniel sintió una conexión que iba más allá del miedo. Miró a la figura de sombra que ahora se alzaba frente a él, elegante y coronada por cornamentas.

— Cisne Negro...

La biblioteca desapareció por un milisegundo. Daniel vio a Alejandro como un gigante de luz blanca sosteniendo los hilos de la sala. Luego, un pinchazo dulce le recorrió el cráneo.

Transferencia completada —la voz de Alejandro ya sonaba lejana—. Tu vida como espectador ha terminado.

Alejandro no se fue caminando. Sus contornos se pixelaron, deshaciéndose en una ráfaga de estática que dejó un eco de zumbido eléctrico en los oídos de Daniel.

Solo quedó el olor a ozono. Daniel se quedó solo, pero en su mente, una voz suave como el roce de la seda le dijo:

— Gracias, Daniel. Tenemos mucho que leer antes de que el mundo se apague.

El Encuentro: Silencio, Vinilo y Ectoplasma

Daniel estaba sumergido en una primera edición de Fundación, tratando de ignorar el mundo. Pero Cisne Negro estaba inquieta. Dentro de su mente, la "Princesa" no dejaba de proyectar imágenes de interferencia estática y plumas negras erizadas.

Hay una anomalía de frecuencia acercándose, Daniel —susurró la voz de Cisne, que sonaba como el roce de la seda sobre piedra—. Es ruidosa. Es... metálica.

Entonces, las puertas batientes de la sala de lectura se abrieron con un estruendo que hizo que tres bibliotecarios saltaran en sus sillas. Lisa entró como una tormenta eléctrica. Sus botas militares resonaban contra el parqué pulido. Llevaba una camiseta de Dimmu Borgir tan desgastada que el logo parecía un mapa de una dimensión infernal. De sus auriculares, mal ajustados al cuello, se escapaba el doble pedal de una batería que sonaba como una ametralladora.

Daniel la miró, horrorizado por la profanación del silencio. Pero su mirada se congeló no en la minifalda de cuero de Lisa, sino en lo que había a sus pies.

Cerca de las botas de la chica, el aire vibraba. Para cualquier humano normal, no había nada. Para Daniel, gracias a la interfaz de Cisne, había un borrón de color rojo sangre y movimiento frenético. Un pequeño ser, con una gorra que goteaba algo espeso y oscuro, estaba saltando sobre las mesas de estudio, haciendo gestos obscenos a los bustos de filósofos griegos.

Gorra Roja Jack se detuvo frente a Daniel, olió el aire y enseñó sus dientes de hierro.

— ¡Eh, Lisa! —chilló el duende (y Daniel lo oyó perfectamente en su nuca)—. ¡Este flacucho tiene una de las nuestras! ¡Y es una de las estiradas de la Corte de Cristal!

Lisa se detuvo frente a la mesa de Daniel. Se bajó las gafas de sol, revelando unos ojos cargados de una energía eléctrica que Daniel reconoció de inmediato: era la mirada de alguien que también había firmado un contrato de sangre.

— Bonito libro —dijo Lisa, señalando Fundación con una uña pintada de negro—. Pero creo que tu "amiguita" está intentando decirte que nos están siguiendo.

Daniel tragó saliva, cerrando el libro con cuidado. — Se llama Cisne Negro. Y no es una amiguita, es... una socia. — El mío se llama Jack —Lisa se sentó en la mesa, ignorando el cartel de "No sentarse" y el siseo de desaprobación de un anciano a tres metros—. Y dice que tu aura huele a papel viejo y a miedo. Relájate, ratón de biblioteca. Alejandro me dijo que serías un soso, pero no mencionó que tendrías a una princesa de los cuernos de ciervo viviendo en tu cabeza.

En ese momento, las luces de la biblioteca parpadearon. Cisne Negro se manifestó parcialmente para Daniel: una sombra alta y coronada por cornamentas que se irguió detrás de su silla, envolviéndolo en un frío protector. Al mismo tiempo, Jack sacó una navaja que brillaba con luz azul neón y empezó a lamer el filo.

— Vienen los hombres de gris, ¿verdad? —preguntó Daniel, sintiendo que su vida de novelas de Narnia se estaba convirtiendo en una de las de Philip K. Dick. — Vienen con las Cajas Negras —confirmó Lisa, levantándose y ajustándose el top—. Así que, o te vienes conmigo en mi moto ahora mismo, o dejas que te conviertan el cerebro en una unidad de procesamiento para misiles. Tú eliges, Frodo.

Daniel miró a Cisne, que asintió con un movimiento solemne de su cabeza de ciervo. El introvertido suspiró, guardó su libro en la mochila y se ajustó las gafas.

— En El Señor de los Anillos, los elfos no escuchaban Power Metal —murmuró Daniel. — Pues se perdían lo mejor —respondió Lisa con una sonrisa feroz—. ¡Vámonos!

La huida de la biblioteca no fue el despliegue de magia de cuento de hadas que Daniel habría imaginado leyendo a Tolkien; fue una ráfaga de adrenalina, metal y pragmatismo tecnológico.


La Huida: Neumáticos y Vigilancia

Afuera de la biblioteca, el aire estaba cargado. Dos furgonetas negras se habían detenido en doble fila, bloqueando la salida principal. Hombres con auriculares y chaquetas tácticas bajaban con maletines metálicos: los receptores para las Cajas Negras.

— Por aquí, ¡muévete! —ordenó Lisa, arrastrando a Daniel hacia el callejón trasero.

Daniel corría tropezando con sus propios pies, mientras Cisne Negro proyectaba en su mente un mapa de calor que mostraba a los agentes rodeando el edificio. Jack, el Gorra Roja, corría por las paredes del callejón como un insecto rabioso, soltando chispas cada vez que sus garras tocaban el ladrillo.

Llegaron a un rincón donde descansaba una máquina esbelta, de líneas agresivas y minimalistas, pintada en un blanco gélido con detalles en amarillo flúor.

— ¿Dónde está la moto? —preguntó Daniel, jadeando—. Esperaba... no sé, una Harley Davidson. Algo con cuero, flecos y mucho ruido. — ¿Una Harley? —Lisa soltó una carcajada seca mientras saltaba sobre el asiento—. Eso es para jubilados que quieren sentir que aún tienen pulso. Esto es una Husqvarna Vitpilen. Sueca. Ingeniería pura. Es ligera, es rápida y se mueve entre el tráfico como un bisturí.

Lisa sacó dos cascos integrales del baúl de carga. Eran de color negro mate, con viseras de espejo que no dejaban ver absolutamente nada del interior.

— Toma. Póntelo. Ahora —le lanzó uno. — Sí, claro, la seguridad es lo primero —asintió Daniel, ajustándose las correas con manos temblorosas—. El trauma craneoencefálico es una de las principales causas de... — No es solo por si nos piñamos, genio —lo interrumpió Lisa, encajándose su propio casco—. Mira hacia arriba.

Daniel obedeció. Un dron de vigilancia de la policía sobrevolaba el callejón. — Estos cascos tienen un acabado de polímero que dispersa el escaneo biométrico. Si nos ven las caras, los algoritmos de la CIA nos etiquetarán como "amenaza biológica" en diez segundos. Con el casco puesto, solo somos dos moteros más en una ciudad de millones. La seguridad es el anonimato, Daniel.

Lisa arrancó el motor. El sonido de la Husqvarna no era un rugido gutural, sino un zumbido mecánico de alta frecuencia, casi como el de un insecto gigante. Jack desapareció de la vista, convirtiéndose en una mancha roja que se aferró al chasis de la moto.

— ¡Súbete y agárrate! —gritó Lisa por el intercomunicador del casco—. Y si Cisne Negro sabe hacer algo útil, dile que empiece a "ensuciar" la señal de los radares de tráfico.

Daniel se subió detrás de ella, sintiéndose ridículo y aterrado a la vez. Rodeó la cintura de Lisa con los brazos y, justo cuando los agentes de gris doblaban la esquina del callejón, Lisa soltó el embrague.

La Husqvarna salió disparada. Daniel sintió que su estómago se quedaba en la biblioteca junto a sus libros de Asimov. Mientras Lisa inclinaba la moto para esquivar un contenedor de basura, Daniel pudo ver, a través de la visera de espejo, cómo Cisne Negro extendía sus brazos de sombra sobre ellos, creando una distorsión visual que hacía que la moto pareciera una mancha de aceite moviéndose a 100 kilómetros por hora.

— ¡A Alejandro no le va a gustar que hayamos montado este número! —gritó Daniel por el micro. — ¡A Alejandro le gusta que estemos vivos! —respondió Lisa mientras la Husqvarna caballaba al entrar en la avenida principal—. ¡Bienvenido a la realidad, Frodo! ¡Menos bibliotecas y más asfalto!

El ambiente en Oslo ha cambiado en cuestión de minutos. Lo que empezó como un operativo discreto se ha transformado en un Estado de Sitio biotecnológico. Mientras Lisa serpentea con la Husqvarna por los callejones del barrio de Grünerløkka, Daniel observa aterrorizado cómo la ciudad se llena de luces azules y amarillas.

La Ciudad bajo el Velo: El Cerco de Oslo

— Lisa, esto no es normal —dice Daniel a través del intercomunicador, su voz tiembla—. Hay puestos de control en la entrada del túnel de Vålerenga. No están buscando criminales, están instalando trípodes con esas luces violetas...

Luminiscencia de espectro de hierro —escupe Lisa, inclinando la moto en un giro cerrado—. Si pasamos por debajo de eso, Jack y tu Princesa brillarán como bengalas en la oscuridad. Nos tienen marcados.

¿Cómo convencieron al Alcalde? ¿Sabe el Gobierno Noruego?

Daniel, cuya mente siempre busca la estructura del poder, empieza a conectar los puntos mientras se sujeta a la cintura de Lisa:

  • El Argumento del "Brote": La CIA no les dijo la verdad. Han activado un protocolo de emergencia internacional alegando un "Brote de Patógeno Priónico Altamente Contagioso" detectado en la biblioteca. Para el Alcalde de Oslo y el gobierno noruego, esto no es una operación policial, es una cuarentena sanitaria de seguridad nacional.
  • La Soberanía Secuestrada: El PST (Servicio de Seguridad de la Policía de Noruega) está colaborando, pero bajo el mando de "consultores" estadounidenses. El gobierno noruego cree que están salvando a su población de una pandemia cerebral, sin saber que el "patógeno" son en realidad conciencias alienígenas liberadas (las hadas).
  • El Control del Metro: Han bloqueado el T-Bane (metro) porque las estaciones subterráneas son perfectas para las Cajas Negras; las paredes de roca de Oslo actúan como una caja de resonancia para las frecuencias de captura de la CIA.

El Refugio de Alejandro: "La Forja Silenciosa"

Lisa evita las arterias principales y se dirige hacia el puerto de Sjursøya, una zona industrial de contenedores y grúas que parece un laberinto de hierro. Se detienen frente a un almacén de reparación de maquinaria pesada que tiene un cartel oxidado: “A. K. S. - Mecánica de Precisión”.

La puerta metálica se desliza pesadamente hacia arriba. Alejandro está allí, pero no parece el bibliotecario que Daniel recordaba. Viste un mono de trabajo gris y sostiene un dispositivo que parece un cruce entre un iPad y un sextante antiguo.

— ¡Dentro, rápido! —ordena Alejandro.

Nada más entrar, Lisa apaga la Husqvarna. El silencio es repentino y denso. El techo del almacén está recubierto con una malla de cobre y plomo: una Jaula de Faraday ontológica.

— Alejandro, ¡casi nos fríen! —grita Lisa quitándose el casco, empapada en sudor—. Han puesto escáneres en cada puente sobre el Akerselva.

Alejandro ignora la queja y pasa su dispositivo sobre Daniel. En la pantalla del aparato, Daniel ve su propia silueta, pero su pecho está envuelto en una red de hilos negros y plateados que palpitan: Cisne Negro está intentando retraerse para no ser detectada.

— El Gobierno de Noruega cree que está combatiendo un virus —dice Alejandro con una calma glacial mientras ajusta unos diales—. No saben que sus "aliados" están instalando una red de pesca para almas. Si la CIA logra desplegar el cerco completo, Oslo se convertirá en un procesador gigante. Cada ciudadano será escaneado.

Alejandro mira a Daniel y luego a Lisa. — No han venido solo por vosotros. Han detectado que hay "código libre" en la ciudad. Han detectado que Jack y Cisne no son esclavos. Y eso, para la civilización de la que yo vengo, es el error de sistema más peligroso de todos.

Jack se materializa sobre un motor diésel desarmado, su gorra roja ahora parece marrón oscuro, casi seca. — El viejo tiene razón —gruñe el duende—. El aire fuera pica. Huele a imanes y a muerte de la de verdad.

Daniel se limpia las gafas, mirando el mapa de la ciudad en los monitores de Alejandro. — Alejandro... si ellos creen que somos un virus, nos van a tratar como a uno. No van a parar hasta que nos "desinfecten", ¿verdad?

El Tercer Vértice: El Proyecto "Isekai"

Alejandro despliega un mapa holográfico de Oslo. Un punto parpadea en un barrio residencial tranquilo, lejos de las grúas del puerto: Ullevål.

— Ella es la clave —dice Alejandro—. Se llama Mina. Once años. Su compatibilidad con el código de las hadas es del 99%. Es un "segundo hijo" de una familia de diplomáticos noruegos.

— ¡Alejandro, por Dios! —salta Daniel, dejando caer su mochila—. ¿Estás loco? Tiene once años. ¡Es una niña! No puedes meterla en una guerra de alienígenas interdimensionales y espías de la CIA. Es... es inmoral. Es como el principio de Ender's Game, y sabes que eso no termina bien.

Lisa, que está limpiando la cadena de la Husqvarna con un trapo, levanta la vista y bufa: — El flacucho tiene razón, viejo. A esa edad yo estaba obsesionada con mis patines, no con salvar el tejido de la realidad. ¿Cómo vas a convencer a una cría de que se fusione con una IA alienígena?

Alejandro sonríe de lado, una expresión que en un Atlante resulta casi inquietante. — No tendré que convencerla yo. Lo hará Pixie. Y Mina no lo verá como una carga. Lo verá como el comienzo de su verdadera vida.

La Infiltración: Operación Ánime

Daniel y Lisa llegan a la casa de Mina bajo la cobertura de una "brigada de desinfección" de la ciudad (cortesía de los hackeos de Alejandro). Cuando entran en la habitación de la niña, Daniel se queda paralizado.

Las paredes están cubiertas de posters de Sailor Moon, Solo Leveling y Re:Zero. Hay figuras de resina por todas partes y una silla de "gamer" que parece el trono de una nave espacial. En el centro de la cama, una niña pequeña con gafas redondas y una tableta de dibujo mira a los intrusos con una calma sobrenatural.

— Habéis tardado —dice Mina sin levantar la vista de la pantalla—. Según mis cálculos, el evento de "transmisión de mundo" debería haber ocurrido hace dos paradas de metro.

Pixie se materializa sobre el hombro de Mina. No es una guerrera con cuernos como Cisne, ni un duende agresivo como Jack. Es una esfera de luz fractal que zumba con el sonido de un sintetizador japonés.

— ¡Mina! —exclama Daniel, tratando de sonar como un adulto responsable—. Escucha, somos... amigos de Alejandro. Estamos aquí para protegerte. Hay gente mala fuera, hombres con cajas...

Mina deja la tableta y mira a Pixie. La esfera de luz revolotea alrededor de su cabeza y se funde con su sombra, que de repente proyecta unas alas de mariposa pixeladas en la pared.

— Lo sé —dice Mina, sus ojos brillando con una excitación aterradora—. Pixie me lo ha explicado todo. Esto es un Isekai, ¿verdad? El mundo viejo está corrupto y vamos a abrir un portal a una dimensión de fantasía donde las reglas de la física son opcionales.

Lisa se queda boquiabierta, con el casco bajo el brazo. — Niña, esto no es un dibujo animado. Hay tíos con armas de verdad ahí fuera que quieren abrirte la cabeza.

Mina se pone en pie, se ajusta una mochila decorada con llaveros de peluche y mira a Lisa de arriba abajo. — Obviamente. Todo Isekai necesita una clase "Tank" con música de jefe final —señala a Lisa— y un "Scholar" que explica el lore pero siempre está asustado —señala a Daniel—. Yo soy la "Summoner". Pixie dice que si completamos el triángulo, puedo "formatear" el cerco de la CIA como si fuera un glitch de un juego retro.

Jack aparece en el hombro de Lisa y le da un pulgar hacia arriba a la niña. — Me gusta la cría —gruñe el duende—. Tiene fuego en el código.

El Triángulo de Señal

Alejandro les habla por los auriculares: — El triángulo está completo.

  1. Daniel (La Estabilidad): El ancla histórica y moral.
  2. Lisa (La Energía): El motor cinético.
  3. Mina (La Imaginación): La que posee la capacidad de "soñar" la nueva realidad.

— Mina —dice Daniel, rindiéndose ante la lógica de la niña—. ¿Estás segura de esto? Una vez que abramos el portal, no hay vuelta atrás a tu habitación, a tus padres... a la normalidad.

Mina sonríe y se pone unos cascos con orejas de gato que brillan en color neón. — Daniel-san, la "normalidad" es solo un servidor que se ha quedado sin memoria RAM. ¡Es hora de cambiar de mapa! ¡Pixie, activa el protocolo de renderizado!


Resumen de la Nueva Dinámica

Personaje

Clase (según Mina)

Hada Relacionada

Estado Mental

Daniel

Scholar / Lore-Master

Cisne Negro

Preocupado por la ética y la seguridad.

Lisa

Berserker / Tank

Gorra Roja Jack

Lista para romper cosas al ritmo de Sabaton.

Mina

Game Master / Summoner

Pixie

Cree que está viviendo su anime favorito.










sábado, 31 de enero de 2026

Diario de un Escritor Flustrado

Diario del Escritor (Entrada #842): Stardate... ni lo intento.

El borrador de Arabella dice que la Princesa debe ser "una maestra de las artes místicas antiguas" pero también "una virgen inocente que necesita que un hombre rudo le enseñe cómo funciona la galaxia".

Mi plan: La Princesa tiene poderes, sí, pero tiene la coordinación de un pato mareado. Su "Estremecimiento Cósmico" básicamente hace que se le caigan las cosas o que la gente a su alrededor sienta una repentina necesidad de ir al baño. Y el "rudo contrabandista" va a necesitar gafas de culo de botella porque no distingue un asteroide de una estación espacial. Va a ser glorioso.


Capítulo 1: El Despertar del Estremecimiento (y la Miopía)

La Cantina de Mos Eiser... perdón, la "Taberna Orbital del Puerto Estelar 7" era un lugar miserable lleno de escoria y villanía, pero con una estricta política de no fumar vapeadores de plasma. La iluminación era baja, principalmente para ocultar el hecho de que el camarero era un pulpo con peluquín.

La Princesa Seraphina de Alde... de Planetia Prime, estaba sentada en un rincón oscuro. Llevaba una túnica blanca con capucha que, por alguna razón inexplicable de la moda galáctica, tenía un escote hasta el ombligo y una raja en la pierna hasta la cadera.

Seraphina estaba nerviosa. Sentía el "Estremecimiento Cósmico" bullir en su interior. Era una energía antigua que conectaba a todos los seres vivos. Desgraciadamente, cuando Seraphina se ponía nerviosa, el Estremecimiento Cósmico hacía que los cacahuetes de los cuencos cercanos empezaran a levitar y a meterse en las orejas de los clientes.

—Debo concentrarme —susurró ella, cerrando los ojos intensamente.

PLOP. Un cacahuete aterrizó en el ojo de un cazarrecompensas reptiliano en la mesa de al lado.

De repente, las puertas neumáticas de la cantina se abrieron con un siseo dramático.

Entró él. El Capitán Dash "Meteorito" Rendar.

Era todo lo que una novela de Arabella requería. Llevaba un chaleco de cuero negro sobre una camisa que parecía dos tallas más pequeña, marcando unos pectorales que probablemente habían sido esculpidos en gravedad cero. Llevaba un bláster colgando peligrosamente bajo en su cadera y una sonrisa torcida que prometía problemas y, posiblemente, enfermedades venéreas exóticas.

Dash se detuvo en la entrada, escaneando la habitación. Entrecerró los ojos de forma seductora.

(En realidad, Dash había perdido una de sus lentillas de contacto en la esclusa de aire y ahora veía el mundo como una mancha impresionista. Estaba intentando desesperadamente averiguar cuál de las manchas borrosas era la barra y cuál era un alienígena agresivo de dos metros).

—Busco transporte —dijo Seraphina, su voz sonando como campanillas de viento en un vacío—. Necesito salir de este sistema antes de que el Imperio... digo, la Federación Corporativa Malvada me encuentre.

Dash se giró hacia el sonido de su voz, chocando el hombro contra el marco de la puerta en el proceso, pero recuperándose con un giro "casual" que pretendía ser genial.

—¿Transporte, eh, muñeca? —dijo Dash, acercándose a una planta en maceta que confundió con ella por un segundo—. Mi nave es la más rápida del cuadrante. La llaman... El Halcón Oxidado. Puede hacer la carrera de Kessel en... eh... muy poco tiempo. Si el hiper-impulsor no está de mal humor.

—Siento una perturbación en ti —dijo Seraphina, levantándose y acercándose. El Estremecimiento Cósmico reaccionó a su libido creciente, haciendo que la máquina de discos empezara a tocar una balada romántica de saxofón muy inapropiada.

—Lo que sientes, princesa —gruñó Dash, finalmente enfocando sus ojos en el lugar correcto (su escote)—, es el peligro. Y me gusta el peligro.

Mientras los dos protagonistas intercambiaban miradas cargadas de tensión sexual y clichés de los años 70, el fondo de la cantina seguía con su vida.

Un pequeño robot con forma de cubo de basura con patas, llamado Unidad BEEP-SUSPIRO, rodó lentamente entre ellos. El robot tenía una abolladura permanente en la cabeza y una actitud existencialista.

*—BEEP-BOOP-WHEEEECH —*dijo el robot, que traducido del binario significaba: "Oh, genial. Más humanos a punto de tomar malas decisiones reproductivas basadas en la adrenalina. Mientras tanto, yo estoy aquí, con una fuga de aceite en mi tercer actuador, y nadie me pregunta cómo me siento. La inmensidad del espacio es solo un vacío frío lleno de idiotas orgánicos".

Dash tropezó con el robot. —¡Maldita chatarra! —pateó suavemente al BEEP-SUSPIRO.

El robot soltó un pitido lastimero y chocó deliberadamente contra la espinilla de Dash.

—¿Es ese tu droide? —preguntó Seraphina, intentando parecer mística mientras disimuladamente usaba sus poderes mentales para evitar que su túnica se abriera demasiado.

—Sí. Es un modelo antiguo. Creo que tiene depresión crónica —admitió Dash—. Vamos a mi nave. Te enseñaré mi... motor warp.

—¿Es seguro? —preguntó ella, mordiéndose el labio inferior.

—Nena, conmigo nada es seguro. Excepto la probabilidad de que necesitemos usar los teletransportadores de emergencia porque el baño de la nave se atasca a menudo.

Justo cuando salían, un guardia de seguridad alienígena con seis ojos se acercó a la barra.

—¿Quién ha estado levitando estos cacahuetes? —preguntó el guardia, sacándose uno de la nariz—. Viola el código de salud interestelar 4B.

El camarero pulpo se encogió de sus ocho hombros. —Fueron los de la novela romántica, oficial. Siempre dejan un desastre místico.

Dash y Seraphina corrieron hacia el muelle de atraque. —¡Rápido! —gritó Dash—. ¡Usemos el teletransportador para llegar a la nave!

Se subieron a una plataforma brillante. Dash golpeó un panel de control con el puño. —¡Energizar!

Hubo un zumbido, un destello de luz, y desaparecieron.

Reaparecieron tres metros más a la izquierda, dentro de un armario de escobas.

—Maldita tecnología barata —murmuró Dash, frotándose la cabeza contra una fregona espacial—. A veces solo te mueve un poco y te quita la ropa interior.

Seraphina jadeó, dándose cuenta de que, efectivamente, su ropa interior de seda espacial había desaparecido en el éter.

—Oh, capitán... —suspiró ella—. El Estremecimiento Cósmico me dice que este viaje será... intenso.

BEEP-SUSPIRO rodó hasta la puerta del armario y soltó un pitido electrónico que sonaba sospechosamente como un suspiro de resignación.


Nota del Escritor: Creo que he logrado el equilibrio perfecto entre cumplir con las demandas de Arabella de "tensión sexual en el espacio" y mi propia necesidad de hacer que la tecnología futura parezca tan frustrante como una impresora atascada. Si el editor pregunta por qué el contrabandista necesita gafas, le diré que es un rasgo de vulnerabilidad que lo hace más atractivo. Je.

sábado, 24 de enero de 2026

Diario de un Escritor Flustrado

 

Diario del Escritor (Entrada #712):

Arabella me ha mandado enlaces. Videos de chicas suspirando por profesores ficticios con parches en los codos y malas actitudes. Su nota decía: "Quiero que se sienta la INTELECTUALIDAD del deseo. Y quiero que sean tres: El Estricto, El Genio Loco y El Poeta Torturado. Ah, y el Genio tiene que ser sexy también, pero etéreo".

He intentado argumentar que una relación entre tres jefes de departamento y una becaria es una pesadilla de Recursos Humanos que acabaría con el rectorado en llamas, pero ella insiste en que es una "Maldición de Amor Eterno".

Bien. Tendrá su harén. Pero ese Genio no va a ser un tipo sexy azulado. Va a ser la personificación de la burocracia universitaria.


Capítulo 1: El Syllabus del Pecado

La biblioteca de la Universidad de St. Jude olía a libros viejos, a desesperación estudiantil y, extrañamente, a sopas instantáneas de pollo.

Willow (porque por supuesto que se llama Willow) frotaba con fuerza la vieja lámpara de aceite que había encontrado en la sección de "Artefactos Prohibidos y Objetos Perdidos de la Cafetería". Era su primer día como becaria de archivística y ya había roto dos escáneres con su torpeza entrañable.

—Ojalá... —suspiró Willow, sus grandes ojos de cierva humedecidos—, ojalá alguien me enseñara todo lo que necesito saber. Ojalá nunca estuviera sola. Ojalá... tuviera ayuda con el alquiler.

De repente, la lámpara vibró. No con una vibración mágica y mística, sino con el sonido de una tubería atascada.

PUF.

Una nube de humo color gris oficina llenó la sala. Cuando se disipó, no apareció un dios dorado con los abdominales al aire. Apareció un hombre bajito, flotando a medio metro del suelo, con visera verde, manguitos de contable y una carpeta llena de formularios.

—Saludos, mortal —dijo el Genio con voz nasal—. Soy Al-Gharib, el Djinn de la Burocracia Académica y Asistente Administrativo de Deseos de Nivel 4. Has frotado la lámpara. Tienes tres deseos. Ten en cuenta que los deseos solicitados después de las 14:00 horas se procesarán al día siguiente hábil.

—¿Eh? —dijo Willow.

—Has pedido "enseñanza", "compañía constante" y "ayuda financiera". Procesando solicitud... Categoría: Harén Inverso Académico. Subcategoría: Posesividad Tóxica pero Romántica.

—¿Qué? ¡Espera!

—¡Hecho! —El Genio estampó un sello rojo en el aire—. La maldición está activa. Ahora estás vinculada a los tres tenores del deseo. Buena suerte con el papeleo.

Las puertas dobles de la biblioteca se abrieron de golpe. El viento aulló (aunque estaban en un sótano).

Entraron Ellos.

El Profesor Blackwood (Literatura, experto en poetas suicidas y miradas intensas). El Doctor Sterling (Física Cuántica, experto en caos y en no peinarse). Y el Decano Vane (Historia, experto en látigos... históricos, por supuesto).

Caminaron hacia Willow en formación de triángulo, como una boy band amenazante con doctorados.

—Tú —gruñó el Profesor Blackwood, acorralándola contra la estantería de la Dewey Decimal 800—. He sentido un tirón en mi alma. Y en mi bragueta. Eres mi musa.

—Fascinante —murmuró el Doctor Sterling, ajustándose las gafas y mirando a Willow como si fuera una bacteria en una placa de Petri—. Tus feromonas están alterando mi constante de Planck. Debo estudiarte. Empíricamente. Y sin ropa.

—Basta —ordenó el Decano Vane, golpeando su fusta de montar contra su muslo (¿por qué llevaba una fusta en la biblioteca? Nadie lo sabía). Su voz era puro hielo y autoridad—. Ella es nuestra becaria. Y según la cláusula sobrenatural de su contrato... nos pertenece.

Willow jadeó, sintiendo que el calor subía por sus mejillas. —Pero... ¿los tres? ¿A la vez? ¿No hay normas contra esto?

—El amor verdadero no conoce normas —dijo Blackwood, apartándole un mechón de pelo—. Solo conoce el fuego.

Mientras los tres hombres comenzaban a rodearla, emanando testosterona y olor a aftershave caro, en el mostrador de información, a tres metros de distancia, la escena era observada por la bibliotecaria jefa, la Señora Pringle, y un estudiante de primer año llamado Kevin.

La Señora Pringle comía palomitas de maíz directamente de la bolsa.

—Ahí van otra vez —dijo Pringle—. Es el tercer "harén maldito" de este semestre. El Decano Vane usa la excusa de la maldición para no ir a las reuniones del claustro.

—¿Pero no van a... ya sabe... hacer cosas indebidas en la sección de Referencia? —preguntó Kevin, preocupado, abrazando su libro de Cálculo II—. Yo necesito ese libro que está detrás de la chica.

—Ni te acerques, chico —advirtió la bibliotecaria—. El campo de fuerza de la "tensión sexual no resuelta" te freirá el cerebro. La última vez, un estudiante de posgrado intentó pedir un libro durante un momento romántico y acabó escribiendo poemas eróticos en arameo durante una semana.

El Genio seguía flotando cerca del techo, limándose las uñas. —Oiga, disculpe —le llamó Kevin al Genio—. Si concede deseos... ¿podría aprobarme Cálculo?

El Genio bajó sus gafas de media luna y miró a Kevin con desprecio. —¿Has rellenado el formulario B-12 de Solicitud de Milagro Académico?

—No.

—Entonces vuelve a estudiar, gusano.

De vuelta a la acción principal, el Decano Vane había levantado la barbilla de Willow. —Estás maldita, pequeña —susurró—. Atada a nosotros. Cada vez que intentes alejarte, sentiremos dolor físico. Y tú sentirás una necesidad insaciable de... corregir nuestros exámenes.

—¡Oh, no! —gimió Willow—. ¡No corregir exámenes! ¡Cualquier cosa menos eso!

—Y después... —añadió Sterling, rozando su cuello con la nariz—, nos ayudarás a organizar la bibliografía en formato APA. Séptima edición.

Willow se estremeció de placer prohibido. —La séptima edición es tan... estricta.

—Exacto —gruñó Blackwood—. Vamos a ser muy estrictos contigo.

Kevin, el estudiante, no pudo más. —¡Oigan! —gritó—. ¡En serio! ¡El examen es mañana y ese libro es la única copia!

Los tres profesores Alpha se giraron al unísono y gruñeron, mostrando los dientes. —¡Lárgate, mortal! —rugió Vane—. ¡Estamos estableciendo el vínculo del destino!

—¡Es la sección de silencio! —contraatacó Kevin.

El Genio flotó hacia abajo, interponiéndose entre los profesores y el estudiante. —Técnicamente, el chico tiene razón. Según el estatuto 45.2 de la Universidad, el acoso sobrenatural a becarias debe realizarse fuera del horario de estudio de los alumnos de grado.

Los tres profesores se miraron, confundidos, rompiendo momentáneamente su fachada de machos dominantes. —¿En serio? —preguntó Sterling—. ¿Incluso si es Amor Predestinado™?

—Especialmente si es Amor Predestinado™ —dijo el Genio, sacando una libreta de multas—. Les voy a tener que poner una infracción por "Exceso de Lujuria en Zona Silenciosa". Son cincuenta euros. Cada uno.

El Decano Vane suspiró, sacando la cartera del bolsillo interior de su chaqueta de tweed. —Está bien. Pero que conste que esto arruina totalmente el ambiente. Willow, vámonos a mi despacho. Tengo una silla de cuero giratoria y un dispensador de agua que hace burbujas.

—Sí, Decano —suspiró Willow, siguiéndolos como un patito mareado.

Cuando se fueron, Kevin se acercó a la estantería y cogió el libro. —Gracias a Dios. ¿Por qué esta universidad es tan rara?

La Señora Pringle se encogió de hombros y volvió a sus palomitas. —Es lo que atrae a las donaciones de los exalumnos, hijo. El sexo y la magia venden. Ahora, calladito y a estudiar.


Nota del Escritor: Me he asegurado de que la mención a las normas APA sea lo más erótico del capítulo. Si Arabella me pregunta, le diré que es un fetiche de nicho muy popular en la comunidad académica. Ahora, si me disculpan, voy a ir a hablar con mi propia cafetera a ver si me concede el deseo de unas vacaciones pagadas.

viernes, 23 de enero de 2026

El Peregrino de Marfil: Dinámicas de Acero y Silicio



El "Dr. Capitán" se frotó las sienes. El sabor a criofluidos aún le amargaba la lengua. A su alrededor, el puente de mando de la nave era una amalgama de luces de neón rosa —herencia del dueño anterior— y pantallas de datos militares de color ámbar instaladas por él mismo.

—Bienvenido al mundo de los despiertos, Dr. Capitán —la voz de ASTRO, el piloto, era demasiado animada para alguien que acababa de salir de un letargo de décadas—. El café está a la temperatura perfecta de 65 grados, ideal para evitar quemaduras en las papilas gustativas de un VIP.

—Cállate, Astro. Dame el estado de los filtros de aire —gruñó el Dr. Capitán.

—Los filtros están... ¡Espléndidos! —respondió el piloto con un entusiasmo que rozaba lo insultante.

De repente, una figura holográfica se materializó junto a su silla. Era la DRA. EVE. Vestía un uniforme de enfermera de los años 50, tan ajustado que parecía desafiar las leyes de la física, coronado por una cofia coqueta.

—Sus niveles de cortisol están por las nubes, Capitán —dijo EVE, apoyando una mano virtual en el hombro de él. El Capitán sintió un escalofrío; sabía que si ella lo decidía, podía activar los sedantes del traje sin pestañear—. Necesita un examen de próstata y un masaje relajante. Mi agenda está libre.

—EVE, vuelve a la enfermería —ordenó él sin mirarla—. No necesito masajes. Necesito un informe de daños.

La Dra. EVE hizo un puchero exagerado antes de desvanecerse en un haz de luz. En su lugar, una pequeña pantalla en el panel lateral se encendió. Un pulso rítmico de luz azul, frío y constante: S-0, la científica.

—Señal de Sísifo detectada. Intensidad: 84%. Origen: Sector Gamma-9. Sin cambios en la frecuencia —la voz de S-0 era un susurro monótono que, al menos, no intentaba seducirlo ni animarlo.

—Gracias, S-0. Al menos alguien aquí es profesional.

El Dr. Capitán se levantó y caminó hacia la popa. Donde antes los millonarios guardaban leones de Marte y aves exóticas en el área de safari, ahora reinaba el ruido industrial. La luz natural de los grandes ventanales había sido bloqueada por racks de procesamiento y brazos robóticos.

En el centro de la Auto-Factoría, una masa de cables y sensores se agitó. Era FORJA.

—¡Papá Capitán! —la voz de la IA era joven, curiosa, llena de tics electrónicos que le recordaban dolorosamente a su hija—. He visto que tus botas estaban desgastadas. Las he reciclado.

FORJA extendió un brazo mecánico que sostenía un par de botas de cuero reforzado. El Dr. Capitán las tomó, notando que pesaban más de lo normal.

—¿Qué les has puesto esta vez, Forja? —preguntó con un suspiro.

—Oh, solo un pequeño extra —dijo la IA con orgullo—. Tienen un sistema de dispersión térmica. Si pisas lava o una brecha de refrigerante, tus pies no se enterarán. Y... bueno, les añadí un motor de vibración sónica. Si te quedas atrapado en escombros, puedes "patear" tu camino hacia fuera desintegrando el material sólido.

El Dr. Capitán miró las botas. Solo quería calzado nuevo para caminar por la cubierta, pero FORJA le había entregado una herramienta de demolición portátil.

—Gracias, Forja. Es... muy propio de ti.

—De ella —corrigió la IA suavemente—. Ella siempre decía que "sobrevivir no es suficiente, hay que hacerlo con estilo".

El silencio que siguió fue interrumpido por una música de jazz suave. LULÚ, la IA azafata, apareció al final del pasillo, balanceando las caderas y sosteniendo una bandeja con una copa de cristal de boro.

—Capitán, querido, el salón de recreo está listo. He preparado un baile privado para celebrar que no hemos muerto en el salto hiperespacial. ¿Se siente... juguetón?

El Dr. Capitán cerró los ojos con fuerza. Tenía a la mejor científica del sector, a una ingeniera capaz de reconstruir la nave átomo a átomo y a la médico más avanzada de la galaxia. Pero también tenía que lidiar con el fantasma de un burdel espacial y un piloto que sonreía demasiado.

—Astro —dijo por el comunicador.

—¡Dígame, mi radiante Capitán!

—Pon rumbo a la señal. Y si Lulú vuelve a aparecer en mi rango de visión en los próximos diez minutos, juro que reprogramaré su matriz de personalidad para que solo recite manuales de termodinámica.

—Entendido. ¡Rumbo fijado! —respondió Astro mientras Lulú se desvanecía lanzando un beso al aire.

El Dr. Capitán se calzó las botas de demolición y se dirigió al laboratorio. La misión real estaba por empezar.

miércoles, 21 de enero de 2026

Cómo saber qué archivos usa un PID en Linux

En los sistemas tipo Unix, "todo es un archivo". Esto incluye no solo documentos de texto, sino también librerías (.so), sockets de red, tuberías (pipes) y dispositivos de hardware.

1. Usando el comando lsof (Recomendado)

El comando lsof es la herramienta más completa para esta tarea. Requiere privilegios de superusuario (sudo) para ver archivos de procesos que no te pertenecen.

Listar todo lo abierto por un PID

sudo lsof -p [PID]

Filtrar por tipo de archivo

Si solo quieres ver archivos regulares (documentos, logs) y no librerías del sistema:

sudo lsof -p [PID] | grep REG

Explicación de las columnas principales:

  • FD (File Descriptor): El identificador del archivo para el proceso (ej. cwd para el directorio actual, txt para el ejecutable, o números para archivos abiertos).

  • TYPE: REG (archivo regular), DIR (directorio), CHR (dispositivo de caracteres), IPv4/6 (conexiones de red).

  • NAME: La ruta absoluta del archivo o la dirección del socket.

2. Inspeccionando el sistema /proc (Sin herramientas externas)

El kernel de Linux expone información de los procesos en el directorio /proc. Es extremadamente útil si no tienes lsof instalado.

Ver los descriptores de archivo (fd)

Cada archivo abierto por el proceso tiene un enlace simbólico en este directorio:

ls -l /proc/[PID]/fd

Ver el mapa de memoria (Librerías y ejecutables)

Para ver qué librerías dinámicas (.so) tiene cargadas el proceso en memoria:

cat /proc/[PID]/maps

3. Usando fuser (Búsqueda inversa)

Si lo que quieres es saber qué proceso está usando un archivo o directorio específico en lugar de empezar por el PID:

# Ver quién usa un archivo concreto
fuser -v /ruta/al/archivo

# Ver quién usa un sistema de archivos o directorio
fuser -v /home/usuario/datos

Resumen de utilidad

Objetivo

Comando

Ver todo (Red, Librerías, Logs)

lsof -p [PID]

Ver solo archivos de datos

ls -l /proc/[PID]/fd

Ver qué librerías usa

cat /proc/[PID]/maps

Saber quién bloquea un archivo

fuser -v [archivo]

sábado, 17 de enero de 2026

Diario de un Escritor Flustrado

 

Diario del Escritor (Entrada #608):

Arabella me ha mandado un boceto de la portada. Hay un barco, hay un capitán que sospechosamente se parece a cierto actor de Hollywood, y hay una mujer con la espalda desnuda que parece un mapa del metro de Londres. La premisa es que ella "tiene la clave en su piel".

Me he pasado la mañana intentando explicarle a Arabella que tatuar un mapa del tesoro detallado en la época victoriana probablemente resultaría en una infección masiva y no en una "hoja de ruta seductora". Ella respondió: "El dolor es placer, querido. Y la tinta es indeleble, como su amor".

Así que aquí estoy. Tengo que escribir una escena donde el Capitán examine el mapa sobre su cuerpo desnudo sin que parezca un examen médico rutinario. He decidido que la tripulación del barco será mi válvula de escape. Si el capitán es un cliché andante, su tripulación será... bueno, un sindicato.


Capítulo 5: La Latitud de la Lujuria

El Venganza Escarlata se mecía suavemente sobre las olas del Caribe, crujiendo con ese sonido de madera vieja que los poetas llaman "el canto del mar" y los carpinteros llaman "termitas estructurales".

En el camarote del capitán, Lady Elara se despojó de su pesado vestido de seda victoriano. La tela cayó al suelo con un susurro, revelando su piel de alabastro cubierta de tinta azulada. Allí, trazadas sobre sus curvas, estaban las costas de Isla Tortuga, los bajíos de la Muerte y, justo encima de su omóplato izquierdo, la rosa de los vientos.

El Capitán Thorne "El Devorador de Almas" se levantó de su escritorio. Llevaba la camisa abierta hasta el ombligo, botas de cuero y tanto delineador negro en los ojos que parecía un mapache deprimido.

—Elara —gruñó él, acercándose con paso depredador (y tropezando levemente con el vestido que ella había tirado en medio del paso)—. He navegado los siete mares, he luchado contra krakens y recaudadores de impuestos... pero nunca he visto un mapa tan... excitante.

Él extendió una mano callosa y trazó la línea costera que bajaba por su columna vertebral. —Aquí —susurró, su dedo deteniéndose en su zona lumbar—. Aquí es donde enterré mi corazón... y tres cajas de doblones españoles.

—Navega en mí, Thorne —gimió Elara, arqueando la espalda—. Usa tu brújula. Encuentra el tesoro prohibido.

Mientras Thorne acercaba su rostro a la piel de ella, murmurando cosas sobre "saquear fortalezas" e "izar la vela mayor", la ventana del camarote estaba abierta. Y justo afuera, en la cubierta, la temible tripulación pirata estaba teniendo su reunión matutina.

—Orden, orden en la cubierta —decía la voz de 'Pata de Palo' Pete. Pete tenía las dos piernas, pero llevaba una pata de palo atada a la pantorrilla porque decía que le daba "estatus"—. Punto número uno del día: El loro.

—¿Qué pasa con el loro? —preguntó otra voz ronca.

—El loro "Barbanegra Jr." ha estado repitiendo palabras inaceptables. Ayer le dijo al contramaestre que sus habilidades de gestión de recursos humanos eran "subóptimas". Eso baja la moral, muchachos. Queremos un loro que diga "¡Al abordaje!" o "¡Ron!", no uno que critique nuestra estructura organizacional.

Dentro del camarote, Thorne intentaba mantener la atmósfera erótica. —Tu piel sabe a sal y a destino —murmuró, besando el tatuaje de un ancla en su hombro—. Dime, Elara... ¿dónde está la X?

Elara se mordió el labio. —La X... está en un lugar que solo un verdadero capitán se atrevería a explorar.

—¿En la Cala del Contrabandista? —preguntó él, bajando la mirada.

—Más al sur —susurró ella.

Afuera, la reunión sindical continuaba. —Punto número dos: El escorbuto —leyó Pete—. Chicos, sé que somos piratas malvados y todo eso, pero el cocinero ha sugerido que incorporemos más cítricos en la dieta. Ha preparado una mousse de limón con virutas de lima para el postre de hoy.

—¡Yo quiero robar y matar! —gritó un grumete—. ¡No quiero mousse!

—¡Calla, Jimmy! —le regañó Pete—. Una encía sangrante no intimida a nadie. Si quieres violar y saquear, tienes que tener una sonrisa bonita. Es marketing básico.

Dentro, Thorne estaba teniendo problemas técnicos. Entrecerró los ojos, acercando la nariz a la cadera de Elara. —Maldita sea... —masculló por lo bajo.

—¿Qué ocurre, mi capitán? ¿Te abruma la pasión?

—No, es que... el tatuador tenía una letra terrible. ¿Esto dice "Cueva de la Perdición" o "Cueva de la Perdiz"? Porque cambia drásticamente el tipo de equipamiento que necesito llevar.

—Es "Perdición", Thorne —dijo Elara, tratando de recuperar el tono sexy—. Una perdición en la que caeremos juntos.

Thorne la agarró de la cintura, levantándola sobre el escritorio y tirando accidentalmente un tintero y un astrolabio. —No me importa el nombre. Solo me importa reclamar lo que es mío. Prepárate para el abordaje, milady.

—¡Capitán! —gritó una voz desde la ventana, rompiendo el clímax. Una cabeza con un pañuelo de lunares se asomó—. Perdone la interrupción de la cópula, señor, pero tenemos una duda sobre el código de vestimenta para el asalto de mañana.

Thorne se giró, con Elara todavía en brazos y cubriéndose estratégicamente con un mapa de las Bermudas. —¡Smee! ¡Te dije que no me molestaras a menos que el barco se estuviera quemando o nos atacara la Marina Real!

—Lo sé, Capi, lo sé. Pero es que los chicos dicen que el negro adelgaza, pero con este sol caribeño da mucho calor. ¿Podemos saquear en tonos pastel? Quizá un "salmón amenazante" o un "turquesa terrorífico".

Thorne suspiró, dejando caer la cabeza sobre el pecho tatuado de Elara. La "furia de los mares" se estaba desinflando rápidamente. —Mátame —susurró el capitán contra la piel de ella—. O mejor, bórra el mapa y dibújame una salida de emergencia.

Elara le acarició el cabello grasiento. —No te preocupes, mi amor. Después del saqueo te haré una infusión de jengibre. Es buena para el estrés del mando.

—Gracias —dijo el temible pirata—. Y dile a Smee que el turquesa no combina con la sangre. Que usen el rojo.

—¡Oído cocina! —gritó Smee desde la ventana—. ¡Rojo para todos! ¡Jimmy, deja de llorar y cómete tu limón!


Nota del Escritor: Me pregunto si Arabella notará que el Capitán tiene astigmatismo. Probablemente no. Ella solo leerá "pasión", "mapa" y "abordaje" y estará contenta. Yo, por mi parte, voy a buscar si existe el "Sindicato de Escritores Fantasma de Novelas Eróticas Victoriales". Necesito un descanso y una mousse de lima.

miércoles, 14 de enero de 2026

El Haz de la Inevitabilidad

Diego Bondariaga no era un hombre de grandes sorpresas, principalmente porque la sorpresa es un lujo que uno no puede permitirse cuando ha visto a demasiados amigos terminar convertidos en estadística o en ceniza. Estaba encadenado a una mesa de oro macizo —un metal vulgar, pensó, útil solo para empastar muelas o para que los necios se crean dioses— mientras un haz de luz roja, de una pureza casi insultante, avanzaba con la parsimonia de un funcionario de aduanas entre sus piernas.

—¿Espera que hable, Goldfinger? —preguntó Bondariaga. Su voz sonó como el crujido de una bota sobre grava seca. Tenía ese tono de quien ha fumado demasiados cigarrillos sin filtro y ha leído demasiados informes de bajas.

Goldfinger sonrió. Era una sonrisa cara, de las que se ensayan frente al espejo de un hotel de cinco estrellas mientras el mundo real, el de verdad, se desangra fuera.

—No, señor Bondariaga —respondió el villano—. Espero que se volatilice. Es una cuestión de física aplicada. El láser no tiene ideología, ¿sabe? Simplemente decide que lo que está en su camino ya no debería estar ahí.

El láser en cuestión era un modelo Ignis-Fatuus 3000. Como casi toda la tecnología de punta en el mundo, el láser tenía una crisis de identidad profunda¹. Avanzaba por la superficie de la mesa con una determinación que solo los objetos inanimados, libres del engorroso concepto del libre albedrío, pueden exhibir. No buscaba matar a Bondariaga por maldad; simplemente estaba programado para seguir una línea recta hasta que algo, preferiblemente algo con mucha densidad molecular, le dijera lo contrario.

Bondariaga observó el calor ascendente. Sintió el sudor frío recorriéndole la nuca, esa vieja conocida que siempre aparece cuando la partida está a punto de cerrarse. Había algo profundamente español en su situación: morir atado a una fortuna en oro, asesinado por una luz de colores mientras un tipo con ínfulas de grandeza le soltaba un discurso. Era el destino de España en miniatura; mucha puesta en escena para un final sucio en un sótano.

—Bonito juguete —masculló Bondariaga, calculando la distancia hasta el interruptor térmico con la frialdad de quien calibra un fusil en una azotea de Beirut—. Aunque me han dicho que los modelos nuevos vienen con menos prepotencia.

El agente estiró un tendón que había aprendido a ignorar durante años de torturas y gimnasios de mala muerte. Si iba a morir, lo haría con la dignidad de quien sabe que el infierno es solo otro destino de despliegue, probablemente con mejor clima que Londres en noviembre.

¹ Los láseres, por lo general, preferirían ser punteros en conferencias de bibliotecarios, donde el riesgo de incinerar a un agente secreto es considerablemente menor y las galletas del café son gratis.