El siseo de la cúpula transparente al abrirse fue acompañado por el tacto helado y ceñido del traje de rehabilitación. No se lo había puesto; el autodoc lo había impreso directamente sobre su piel durante la fase final de la reconstrucción tisular.
Natalia Peeters abrió los ojos, parpadeando despacio mientras el espectro violeta de sus nuevos ojos sintéticos se ajustaba a la luz de la clínica. Al incorporarse sobre la camilla, sintió una extraña pesadez en el pecho y una silueta marcada que jamás había formado parte de su cuerpo. Antes del accidente era una muchacha menuda, de figura completamente plana y acostumbrada a pasar desapercibida como una sombra entre los talleres. Ahora, el traje elástico resaltaba una anatomía impecable que la hizo encogerse de hombros instintivamente, invadida por una timidez sofocante.
—Es... sencillamente espectacular —susurró una voz a pocos metros.
Arthur Nightingale estaba apoyado contra la pared adyacente, aguardando el visto bueno de su análisis de rutina. Al verla salir del pod, sus ojos se abrieron de par en par con la fascinación de quien presencia el nacimiento de la heroína de su propia historia. Natalia, abrumada por la mirada directa y sintiendo que cada centímetro de su nueva figura estaba expuesto, se cruzó de brazos a toda prisa e intentó mirar hacia el suelo, con las mejillas ardiendo.
—Yo... me gustaría un mono de trabajo, por favor —murmuró con voz suave a la enfermera automatizada, deseando desesperadamente esconderse bajo capas de tela gruesa—. Uno de talla grande. De los normales.
—¿Esconder semejante maravilla bajo lona gris? —protestó Arthur, acercándose con una sonrisa radiante—. Sería un crimen. Soy Arthur, por cierto. Presiento que el destino ha querido que yo fuera el primero en verte renacer.
Natalia se pegó más a la camilla, buscando una vía de escape con la mirada. Por suerte para ella, un sonido rítmico y pesado salvó el momento.
Clac. Clac. Clac.
Tres piernas robustas dispuestas en trípode y cuatro brazos articulados asomaron por el marco de la puerta. Tajudya "Bob" XVII avanzó con la parsimonia de quien ha visto pasar tres imperios y no tiene prisa por ver el cuarto.
—Suficiente teatro, novato —interrumpió Bob desde el traductor fijado a su túnica tradicional—. Y tú, Peeters, ponte el mono que quieras si eso te ayuda a concentrarte; tenemos trabajo. Me han encasquetado vuestra tutoría de campo.
Mientras los guiaba por los pasillos de la estación, Bob comenzó su lección de supervivencia con voz cansada:
—Primera regla que no os enseñaron en los simuladores: los informes A112. Teniendo en cuenta la cantidad de anillos que hay en la galaxia, hay una montaña gigantesca de informes A112 archivados que dicen variaciones de "la instalación funciona correctamente" por cada único aviso de "necesita reparación". Una montaña infinita de papel digital. Nadie los lee. Nadie. Si tenéis un problema real, arregladlo y no perdáis el tiempo rellenando formularios que acabarán sepultados en un servidor olvidado.
Arthur asentía con aire coqueto, mientras Natalia, aliviada por tener ya puesto su mono holgado de tela gris, anotaba mentalmente cada palabra del veterano.
—Segunda regla: en los diagramas oficiales dicen que el transportador de señal se coloca después de activar el relé. Falso. Se coloca antes y en el sentido opuesto al que indican los manuales si no queréis que la caseta salte por los aires a la semana. Y tercera: en cuanto lleguéis al primer anillo, usad el fabricador ancestral para haceros herramientas personalizadas. Las que os darán ahora son chatarra.
Llegaron al almacén de asignaciones. El lugar era una nave penumbrosa dominada por una enorme montaña de restos de naves siniestradas, motores desguazados y un puñado de cápsulas viejas. Sin embargo, en el centro del hangar brillaba una excepción absoluta: un caza ligero de líneas aerodinámicas y fuselaje cromado. Había sido confiscado a un noble local que perdió su estatus y, tras ser donado por la policía a la administración local, había acabado inexplicablemente en el inventario del Cabildo.
—¡Sabía que el universo me tenía guardado algo a mi altura! —exclamó Arthur, caminando directo hacia la nave del noble con el pecho henchido—. Un transporte digno para las misiones que nos aguardan.
Natalia, aprovechando que la atención de Arthur y la luz principal se centraban en el flamante caza deportivo, se deslizó en silencio hacia la zona más oscura del almacén. Allí, medio sepultada entre los restos de un carguero quemado, encontró una micro-cápsula de tres metros de largo. El chasis estaba cubierto de planchas desparejadas, marcas de reentrada y tenía la forma inconfundible de un ataúd sobredimensionado.
Se acercó despacio. Tocó el metal frío, resistente y lleno de cicatrices. Era pequeña, discreta y nadie en toda la galaxia se molestaría en mirarla dos veces ni en fijarse en quién la pilotaba. Para una chica tímida que solo quería hacer su trabajo sin llamar la atención de imperios ni de compañeros entusiastas, era el refugio perfecto.
—Hola —susurró Natalia, esbozando una sonrisa tranquila por primera vez en todo el día—. No te preocupes. Te llamaré Fea, pero nos vamos a cuidar mutuamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario