## Capítulo 1: El Latido de la Arena
La tormenta, al principio, era un susurro. Un agrio murmullo en los paneles de la *Rocinante*, como si la propia galaxia se estuviera ahogando en un sudor viscoso de metales y electricidad. Pero los sensores, implacables, lo amplificaron, lo corrieron hasta convertirlo en un bramido sordo, un latido de arena caliente sobre la piel. Era la señal de socorro, y, como todos los demás, era una promesa de destrucción.
El Capitán Ritter, sentado en la cabina de mando, la luz naranja del monitor de radar inundándole el rostro con una sombra espectral, no lo miró. Ya sabía lo que significaba. Los registros, los informes, las advertencias que le habían llegado en los últimos meses, todos apuntaban a la misma conclusión: la galaxia, en su vastedad y silenciosa indiferencia, estaba llena de cadáveres. La esperanza, una piedra pulida por la indiferencia del universo, se caía constantemente de sus manos.
“Amplifica la frecuencia, Teniente Vargas,” ordenó, su voz un corte seco en el zumbido de la nave. Vargas, un joven con la cara aún curtida por la promesa de una carrera brillante, ajustó los controles con la precisión de un relojero obsesionado. El murmullo se hizo más fuerte, se fragmentó en algo más reconocible: un patrón, un pulso. Un llanto de metal.
Veridian, el puesto de avanzada abandonado, no figuraba en ningún mapa estelar. Era un agujero negro en el tejido de la Armada Estelar, un olvido. Una cicatriz de una investigación que, según los informes, había terminado abruptamente, con pérdidas significativas y un protocolo de silencio. Un silencio que, Ritter lo sabía, era más amenazador que cualquier alarma.
"Análisis de trayectoria, Teniente,” ordenó, la voz ahora cargada de una cautela que se había convertido en su forma de vida. "Detecta cualquier nave en la zona. Prioriza amenazas."
El silencio, una vez más. La *Rocinante*, con su diseño de caza de reconocimiento, era un insecto solitario, una pieza de metal y vidrio que se movía a través de la oscuridad con la misma desesperación que la propia vida. La búsqueda de señales, de respuestas, era una forma de prolongar el inevitable. Un intento vano de llenar el vacío con ruido.
"Nada. Solo... algo. Una firma de energía inusual. No coincide con nada en nuestro banco de datos. Es... antigua. Y débil.” Vargas parecía tenso, su joven rostro enrojecido por la pantalla. Ritter lo entendió. La débil señal, como un pulso en el pecho de un difunto, era un indicio de lo que siempre había sabido: que el universo no siempre era silencioso. A veces, el silencio era una mentira.
La aproximación a Veridian fue lenta, casi dolorosa. La estación, una masa de metal corroído y vidrio roto, se alzaba como un esqueleto en la arena de la galaxia. La lluvia de meteoritos, la constante y previsible amenaza, le recordó la fragilidad de la existencia. Era una lección que había aprendido a la fuerza, una lección que la galaxia no se molestaba en enseñarle.
Al llegar a una distancia de cinco kilómetros, la señal se hizo más fuerte, más definida. Era una llamada de socorro, pero distorsionada, filtrada a través de capas de ruido, como si la voz fuera una grabación antigua, corrompida por el tiempo y el olvido.
"Intentar establecer comunicación. Canal de emergencia 19."
El silencio. La voz de Vargas sonó hueca, desprovista de esperanza. "No hay respuesta. Solo... interferencia. Es como si alguien estuviera intentando bloquearnos."
Ritter apretó los dientes. La interferencia no era un accidente. Era una defensa. Un reflejo de la desesperación de aquellos que estaban allí.
La *Rocinante* se acercó a la estación con cautela, deslizándose entre las ruinas. El casco de la nave, pulido hasta la perfección, brillaba con un resplandor frágil, como un espejo roto que reflejaba la decadencia. Las paredes de Veridian estaban cubiertas de jeroglíficos intrusos, grabados en metal oxidado. Eran símbolos de una ciencia olvidada, de experimentos que, evidentemente, habían salido mal.
"Escaneo de estructuras internas. Detecta actividad en el Laboratorio 7. Presencia de energía."
El Laboratorio 7 era un agujero negro en el corazón de la estación. Un lugar donde la ciencia había tropezado con algo que no entendía.
Al entrar, la atmósfera era opresiva. El aire estaba cargado de polvo, de humedad, de un olor rancio a metal oxidado y a algo más... algo indefinible, algo parecido a la desesperación. Las paredes estaban cubiertas de pantallas rotas, de cables colgando de las paredes como serpientes muertas. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el zumbido de los sistemas de soporte vital de la *Rocinante*.
"Encuentro restos de un equipo de investigación. El Doctor Evelyn Hayes... y otros cinco."
El nombre resonó en la cabina de mando, un susurro en el vacío. Evelyn Hayes era la líder de la expedición, una científica brillante y ambiciosa que había desaparecido hacía más de diez años. Su desaparición había sido un misterio, un agujero negro en la historia de la Armada Estelar.
"Análisis del protocolo de emergencia. Se detecta un código de 'Contención Total'. Se ordenó el encierro de la estación y la supresión de toda comunicación externa."
Ritter sintió un escalofrío, una sensación visceral de que algo había salido terriblemente mal. La "Contención Total" era un protocolo de último recurso, utilizado para contener amenazas que ponían en peligro la propia existencia de la Armada Estelar. Y ahora, la había encontrado en Veridian.
En el centro del Laboratorio 7, Ritter encontró la causa. En el centro de una sala circular, iluminada por la tenue luz de los escáneres de la *Rocinante*, había una cápsula de suspensión. Dentro, yacía el cuerpo de Evelyn Hayes.
Su rostro era de una belleza inmaculada, casi inhumana. Sus ojos estaban abiertos, fijos en un punto invisible. Su piel era de un blanco pálido, casi translúcido. Era como una estatua, un testimonio de un experimento que había trascendido los límites de la comprensión.
Ritter se acercó con cautela. "Análisis de la cápsula. Detecta modificaciones genéticas. Niveles de mutación... extremadamente altos."
La verdad, como una gota de ácido corrosivo, comenzó a filtrarse a través de la oscuridad. El experimento de Veridian no había sido sobre el desarrollo de nuevas tecnologías. Había sido sobre la destrucción de la humanidad. Y Evelyn Hayes, en su arrogancia, había sido su herramienta.
En ese instante, Ritter comprendió. El silencio de Veridian no era un escudo. Era una tumba. Y él, sin saberlo, estaba entrando en ella. El latido de la arena, el eco de la desesperación, resonaba con una fuerza implacable, recordándole la triste verdad: que la esperanza era una ilusión, que el universo era un lugar de dolor y olvido, y que, en última instancia, todos los hombres y máquinas eran destinados a la extinción. La pregunta ya no era si iba a sobrevivir, sino qué parte de su alma se perdería en el vacío.
lunes, 9 de febrero de 2026
Ecos del Silencio
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario