sábado, 7 de febrero de 2026

Diario de un Escritor Flustrado

 El editor ha encontrado un post-it de Arabella que dice: "Western histórico: La saloon girl Ruby, con corsé desbocado, doma al pistolero solitario en el desierto de Nevada, donde cada duelo a medianoche termina en sudorosas rendiciones que fundan un imperio de placer en el Viejo Oeste."

¡Un western! ¡Por todos los vaqueros del Apocalipsis! Arabella ha descubierto el género de las novelas de quiosco con portadas de señoras con corsés a punto de estallar y hombres con miradas de acero y sombreros vaqueros. Me juego el sueldo a que en su cabeza suena una armónica en bucle.

Lo del "imperio de placer en el Viejo Oeste" es una frase que solo a Arabella se le ocurriría. Me pregunto si el imperio tendrá un club de lectura y un servicio de catering.

Esto va a ser... un polvo en el desierto, literalmente. Pero no del tipo que ella espera.

Aquí tienes la tortura... digo, la épica saga del Viejo Oeste.


Diario del Escritor (Entrada #901): Polvo en el desierto.

Arabella quiere "duelos a medianoche", "sudorosas rendiciones" y "miradas de acero" de un tipo que no ha dormido en tres días. Su descripción del pistolero es "tan rudo que podría afeitarse con una navaja oxidada y no inmutarse". Su descripción de Ruby es "una flor del desierto que no tiene miedo de usar sus espinas para pinchar donde más duele... el corazón (y otros lugares)".

He decidido que si voy a escribir sobre un "imperio de placer", tendrá que ser muy, muy ineficiente y burocrático. Y el pistolero, a pesar de su reputación, tendrá algunos problemas muy mundanos.


Capítulo 1: El Duelo del Atardecer (y los Dolores de Espalda)

El sol se hundía sobre el polvoriento pueblo de Redemption Gulch, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojos que prometían un calor infernal para el día siguiente y, posiblemente, un tiroteo en el saloon. Las únicas leyes aquí eran las de la dinamita, el whisky barato y, por supuesto, la imponente presencia de Ruby.

Ruby, la dueña del "Saloon Corazón de Oro", estaba de pie en la entrada, con un vestido rojo tan ajustado que parecía desafiar las leyes de la física y la respiración. Su corsé, un milagro de ingeniería textil, realzaba sus curvas de tal manera que hasta los cactus del desierto parecían echarle un segundo vistazo.

En ese momento, las puertas del saloon se abrieron de golpe con un estruendo.

Entró él. Cole "El Silencioso" Cassidy. El pistolero más temido del Oeste. Su reputación era tan oscura como el fondo de un pozo seco y sus ojos... sus ojos eran dos pozos sin fondo llenos de angustia y trauma. Y, si te fijabas bien, de una ligera miopía.

Cole se detuvo en medio del salón, con las manos ligeramente sobre las culatas de sus dos revólveres plateados. El polvo que había traído del exterior formaba una pequeña nube a sus pies. El silencio se hizo pesado, roto solo por el chirrido de la silla de un viejo borracho y el gemido ahogado del caniche del pianista, que acababa de pisar la cola.

—Ruby —gruñó Cole, su voz como grava arrastrada por el viento. (En realidad, tenía la garganta seca por el polvo y le dolía un poco la espalda de tanto montar a caballo).

—Cole Cassidy —dijo Ruby, su voz suave como el terciopelo y afilada como una navaja. (En realidad, se había dado un golpe en el pie con una silla y estaba intentando que no se le notara el dolor). —¿Qué te trae de vuelta a Redemption Gulch? Pensé que habías jurado no pisar este polvo nunca más.

—Tú —dijo Cole, dando un paso adelante. Su mirada, llena de intensidad (y la miopía que le hacía confundir a Ruby con un barril de whisky), se clavó en ella. —Has estado en mis sueños, Ruby. Y he venido a reclamarte.

—Siempre tan directo, Cole —replicó ella, cruzándose de brazos, lo que tensó aún más el corsé y le provocó un pequeño crujido en las costillas—. Pero aquí, en mi Saloon Corazón de Oro, las cosas se ganan.

Mientras los dos se miraban con una tensión sexual tan densa que podrías cortarla con un cuchillo de mantequilla, en la barra, dos mineros con barbas mugrientas observaban la escena con el ceño fruncido.

—No sé, Jim —dijo uno de ellos, sorbiendo su cerveza—. El año pasado se dijo lo mismo y acabaron con dolor de cuello de tanto mirarse fijamente. Y luego Cole se quejó de una contractura lumbar.

—Es el melodrama, Hank —respondió Jim, limpiándose la barba con la manga—. Dicen que vende. Pero a mí me aburre. Yo quiero un duelo de verdad. Con explosiones.

De repente, un sheriff con una estrella torcida y el bigote flácido se abrió paso entre la multitud, arrastrando los pies.

—¡Alto ahí, Cassidy! —gritó el sheriff, aunque le faltaba el aire—. Tengo una orden de arresto contra ti. Por... eh... desorden público. Y por no devolver un libro de la biblioteca hace tres años.

Cole ignoró al sheriff. Sus ojos estaban fijos en Ruby, aunque ahora se había enfocado y sabía que era ella, no un barril. —Nuestros destinos están entrelazados, Ruby. En el desierto, solo hay una ley: la supervivencia del más fuerte. Y mi fuerza... te reclama.

Ruby sonrió, un destello de desafío en sus ojos. —Pues el desierto es ancho, pistolero. Demuestra tu fuerza.

Cole sacó sus revólveres de las fundas con un movimiento fluido... pero lento, porque el lumbago. Levantó los brazos... y estornudó ruidosamente debido al polvo.

—¡Salud! —gritó el pianista, golpeando una nota discordante.

Cole se recuperó, avergonzado. —Esta noche —dijo con voz ronca, apuntando con un revólver al suelo—, el desierto será testigo de nuestra rendición.

—¡Alto el fuego! —gritó el sheriff, sacando su propia pistola, que se atascó—. ¡Por la autoridad de... la Federación de Asociaciones de Vecinos de Nevada!

Mientras Cole y Ruby seguían mirándose con una pasión ardiente (y una buena dosis de irritación mutua por la interrupción), en la puerta del saloon, un grupo de chicas del coro, vestidas con plumas y lentejuelas, se aglomeraban con sus maletas.

—¿Otra vez con el duelo de la pasión? —dijo una de ellas, bostezando—. Pensé que íbamos a ensayar el número del "Can-Can del Corazón Solitario".

—No hay tiempo, Dolly —respondió otra—. La jefa está en pleno acto de conquista. Tenemos que esperar a que funden su "imperio de placer" para poder pedir la nómina. Dicen que el nuevo CEO será un pony.

El minero Hank suspiró. —Ya sabes, Jim. Si este imperio de placer va a tener un pony como CEO, igual me apunto. Las condiciones laborales no pueden ser peores que en la mina.

Cole, ajeno a todo, finalmente bajó sus armas, no con gesto de derrota, sino con un suspiro. —Ruby... mi espalda. Me duele. ¿Tienes un cojín o algo?

Ruby se rió, su risa como el tintineo de mil monedas de oro. —Entra, pistolero. Tengo más que cojines. Tengo un imperio que construir. Y creo que necesito un contador. Y alguien que sepa arreglar las tuberías.

Mientras se adentraban en el saloon, la tensión sexual cedió el paso a la pura exhaustión. El sheriff, aún forcejeando con su pistola atascada, tropezó con un cubo de fregar y cayó de bruces en un charco de cerveza rancia.

—¡Esto es un ultraje! —gritó el sheriff—. ¡Me quejaré al... al ayuntamiento!

Bajo la luz parpadeante de una lámpara de aceite, Ruby le ofreció a Cole una taza de té. —Necesitas descansar, pistolero. Y quizás un fisioterapeuta. El amor verdadero es agotador.

Cole asintió, derrotado, mirando el té. —¿No tienes algo más fuerte? ¿Quizás... un analgésico?


Nota del Escritor: *He logrado que el "imperio de placer" suene como una start-up con problemas de personal. Si Arabella lee esto y me dice que quiere más "tensión sexual", le diré que el dolor lumbar de Cole es una metáfora de su alma torturada. Creo que es lo suficientemente profundo para ella. Necesito un whisky. Y una baja por estrés.

 

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